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domingo, 12 de octubre de 2025

El gran reto del siglo XXI (Jorge Garrido San Román)

Asistimos a una época de cambios profundos. Muchos de ellos se intuyen de forma cada vez más clara, pero otros no tanto, de forma que, aunque la crisis más grave de la sociedad actual es sin duda alguna la moral (a lo que no es ajena la creciente crisis religiosa que afecta al mundo católico), en esta ocasión trataremos exclusivamente el gran reto en el orden material (económico y laboral) que tendremos que afrontar en las próximas décadas y que nadie parece querer ver (y menos aún afrontar).


Ello nos obliga a los falangistas a alertar sobre la situación actual de la economía en general y del mundo del trabajo en particular, especialmente de las amenazas que se ciernen sobre los trabajadores, dado que vivimos en un sistema económico que ha agotado su capacidad de crecimiento y oferta de empleo: desde el año 2.000 es un hecho constatable que la productividad crece más que la capacidad para dar empleo, y esa tendencia aumenta año tras año sin la menor perspectiva de que se pueda invertir. Los datos estadísticos sobre horas trabajadas y sobre productividad y empleo son muy  esclarecedores al respecto: la era del pleno empleo se ha ido y no va a volver, lo que coloca especialmente a la juventud con unas perspectivas de futuro poco esperanzadoras.





Durante el siglo XIX vimos cómo la tecnología (motores) en el sector agrario redujo progresivamente la necesidad de mano de obra, produciendo cada vez más bienes con menos necesidad de trabajadores. El excedente de mano de obra en el sector agrario se desplazó al sector industrial, hasta que en los años 70 del siglo XX con la introducción de nuevas tecnologías (el microchip y sus derivados informáticos) se fue reproduciendo el mismo fenómeno: cada vez la industria producía más bienes necesitando menos mano de obra. Esto obligó a buscar un nuevo sector que pudiera absorber el excedente de mano de obra en los dos sectores anteriores: el sector de los servicios. Pero entrando en el siglo XXI un nuevo avance tecnológico (la digitalización y la inteligencia artificial) está repitiendo por tercera vez el mismo fenómeno: también en el sector de los servicios se está aumentando la oferta con menor necesidad de mano de obra.

Así pues, sobrepasados por la era digital que desplaza al ser humano y hace cada vez menos necesario nuestro trabajo, cada vez más sustituido por programas informáticos, aplicaciones, robots e inteligencia artificial, estamos ante una realidad incómoda: la de la llamada “Cuarta Revolución Industrial”. ¿Y qué sector económico puede absorber ahora el exceso de mano de


obra? Ninguno, pues el nuevo sector de la tecnología digital que podría absorberlo no lo puede hacer por ser un sector poco intensivo en mano de obra, ofreciendo muchos menos empleos de los que destruye. Por eso el incremento del desempleo desde hace 25 años se ha vuelto un creciente problema estructural al que nadie sabe dar una respuesta.

Como el Sistema actual no encuentra una solución a los acuciantes problemas sistémicos que padece, y dado que el “keynesianismo” que promovió el denominado “Estado del bienestar” ha agotado sus posibilidades a base de endeudamiento, déficit y un agobiante sistema impositivo que exprime a todos para mantener un Sistema ya insostenible, en un giro de 360º parece que ahora se pretende volver al punto de partida del capitalismo: el liberalismo puro y duro de los siglos XVIII y XIX. Así vemos cómo desde hace dos décadas se está desmontando poco a


poco el mencionado “Estado del bienestar” (con políticas de privatización y reducciones salariales, como demuestran las estadísticas sobre la participación de las rentas del trabajo en el PIB) y en muchos países el discurso del liberalismo más radical cobra cada vez más fuerza, e incluso llegando al poder en algunas naciones, a base de defender la práctica desaparición del Estado, acusándolo de “totalitario” y enemigo de la libertad (lo cual en muchos casos es cierto, ya que los estados incapaces de encontrar soluciones tienen tendencia a lograr la estabilidad social a base de autoritarismo), pero el extremo contrario, es decir, la vuelta a la “ley de la selva” no es ni puede ser tampoco una solución al problema de fondo. Las consecuencias de la vuelta al liberalismo salvaje no pueden ser otras sino las que ya ocasionó en siglos pasados: pérdida de derechos sociales, precarización de los trabajadores, salarios y pensiones más bajas, sanidad y educación para quien pueda pagárselos, etc. En definitiva, un retroceso en materia social que no ha hecho más que comenzar y para el que las élites mundialistas llevan tiempo preparándonos desde sus

instituciones, como el Foro Económico Mundial, la ONU, el Fondo Monetario Internacional, etc. Según ellos, en el futuro tendremos menos pero seremos felices, tendremos todos una renta básica para compensar la falta de ingresos por falta de trabajo, podremos dedicarnos más al ocio... Todo tan “bonito” como irreal, pues su falsa solución se basa fundamentalmente en generar estructuras que nos hagan aún más dependientes del propio Sistema para así tenernos más controlados y sumisos.

Todas esas falsas soluciones se ofrecen a causa de la incapacidad para encontrar soluciones técnicas reales a un problema (la sustitución del hombre por la tecnología) que sólo puede afrontarse de forma solvente cambiando el modelo económico y productivo, algo que ellos no van a hacer, pues implicaría su desaparición como élite económica.


Y con esto llegamos al “quid” de la cuestión: ¿qué solución viable hay? La respuesta no está al alcance de todos, pero sí al de los falangistas, ya que no tenemos servidumbres con el Sistema y somos conscientes de la necesidad de cambiarlo. Efectivamente, es necesario tanto evitar en lo posible la dependencia de las personas del Sistema como que la tecnología sustituya al hombre. Pero si se fomenta la dependencia y que la propiedad de las empresas no sea del hombre, sino del capital, el hombre siempre será tratado como un simple factor productivo más, y por tanto, cada vez más prescindible. Sólo un modelo productivo que integre al hombre como centro (propietario y responsable) de la producción de bienes y servicios podrá integrar los avances tecnológicos sin prescindir de sí mismo y sin generar excesiva dependencia, lo que nos lleva directamente a la clave del futuro: la economía sindicalista. 

El Nacionalsindicalismo ofrece la solución necesaria: fomento de la autonomía de las personas para que puedan vivir de su propio trabajo, incentivo de la iniciativa privada compatible con el interés nacional, implantación del modelo de empresa de propiedad sindical que introducirá los avances de la tecnología compaginándolos con el empleo y sin despedir trabajadores sólo para optimizar resultados, una banca nacional al servicio de las necesidades financieras de las empresas y los autónomos, una moneda soberana que sirva a los intereses de la economía española y nacionalización de los recursos naturales y  energéticos, así como de los estratégicos en general. Y todo ello amparado por un Estado Nacional que no esté al servicio de las élites mundialistas, sino de la Nación. ¡Es urgente liberar al Estado, hoy secuestrado y puesto al servicio de intereses espurios, para que vuelva a manos de la Nación y esté a su servicio y el del pueblo!

Sólo una economía Nacionalsindicalista y un Estado Nacional pueden garantizar que las personas y la Nación estén protegidas frente a esos intereses espurios y tengan futuro.

De la negra oscuridad que se avecina sólo se podrá salir con una luz poderosa e intensa, la luz del futuro que debe iluminar el camino a seguir, la luz del Nacionalsindicalismo. Somos la única esperanza de futuro y pronto la juventud española no sólo lo va a comprender, sino que lo va a hacer realidad ella misma. ¡De la juventud depende el futuro de todos!

viernes, 22 de agosto de 2025

La mafia sindical: entrevista en el canal de Santiago Armesilla

El pasado 21 de agosto de 2025 tuve el honor de ser invitado por Santiago Armesilla a una entrevista en su canal de Youtube.

Quiero agradecerle públicamente su amabilidad y generosidad, pues desde la discrepancia ideológica es siempre mucho más meritorio un gesto como este.



miércoles, 13 de agosto de 2025

Así se manipula la Historia

Así se manipula la Historia: el "periolisto" José Antonio Muñoz (al parecer, siguiendo la investigación de Miguel Caballero Pérez, cronista oficial del granadino municipio de Lachar, que pretende dar forma de libro) publica un inédito poder notarial según el cual José Antonio Primo de Rivera dió poderes a Ramón Ruiz Alonso (el que detuvo a Federico García Lorca) para reorganizar la Falange en Granada, por lo que -según él- éste era el verdadero Jefe de la Falange allí y no los hermanos Rosales, que según esta tesis no tendrían poder alguno para proteger al poeta...


Dos cosas me llaman poderosamente la atención:

1ª.- Ni el "periolisto" ni el supuesto cronista parecen haber leído el documento (suponiendo que sea auténtico): ni siquiera se menciona a la Falange en párrafo alguno de ese supuesto poder notarial. De hecho, se trata sólo de unos poderes para poder presentar a los otorgantes como candidatos electorales y gestionar sus candidaturas ante la repetición de las elecciones en Granada y Cuenca, y esas candidaturas no eran de la Falange, sino unas candidaturas patrióticas de unidad con candidatos de varios partidos (de ahí que entre los que figuran esté Ramón Ruiz Alonso, que era el responsable de la CEDA en Granada), buscando la inmunidad parlamentaria de todos ellos. ¿Dónde se le da poder alguno en la Falange en ese documento, cuando Ramón Ruiz Alonso ni siquiera pertenecía a ella, e incluso cuando el propio José Antonio vetó su afiliación cuando lo solicitó? ¿Saben leer este "periolisto" y este cronista o no es ese un requisito necesario para ejercer su profesión, escribir en los periódicos y publicar libros?

2ª.- Otorgan -supuestamente ante el notario- esos poderes 5 personas (José Antonio, Raimundo Fernández-Cuesta, Julio Ruiz de Alda, Manuel Valdés y Augusto Barrado) que en esa fecha (21 de abril de 1936) se encuentran en prisión (desde el 14 de marzo anterior), por lo que en ningún caso pudieron desplazarse a la Notaría. ¿Se desplazó entonces el Notario a la prisión sin dejar constancia de tal circunstancia? ¿Por qué no se muestra el original con las firmas de los otorgantes (esta es una copia sin firmas)? ¿No parece un documento un poco raro? No sé si será un documento auténtico o no, pero parece muy sospechoso... El contenido es verosímil (y nada dice que dé pie a las elucubraciones de los sujetos que lo publican), pero es el contexto el que me genera dudas.

Sea verdadero o falso ese documento, lo cierto es que nada dice de lo que estos "señores" dicen que dice (i.e. inventan). Hace falta tener muy poca vergüenza para manipular y fantasear de esa manera con tal de vender una "exclusiva" o un libro.

jueves, 13 de julio de 2023

Entre lo espontáneo y lo difícil (de Miguel Argaya)

Lamentando mucho que mis múltiples obligaciones me hayan tenido apartado de la atención que los lectores de mi blog merecen (y por lo que pido sinceras disculpas), rompo hoy mi involuntario silencio de los últimos meses para recomendar la lectura de este libro, ya clásico, de mi amigo Miguel Argaya: "Entre lo espontáneo y lo difícil: apuntes para una revisión de lo ético en José Antonio Primo de Rivera".

El libro original, que ahora vuelve a ser editado con correcciones y añadidos, fue publicado inicialmente en 1996 y, pese a su escasa distribución, no pasó desapercibido, pues tuvo la valentía de afrontar aspectos nada fáciles del pensamiento de José Antonio Primo de Rivera y de sus importantes diferencias con el de Ramiro Ledesma Ramos.

El autor tiene el gran acierto de analizar las fuentes del pensamiento de José Antonio menos analizadas: las de los pensadores tradicionales. No sé si será por esa tendencia innata que todos tenemos, en mayor o menor medida, a relacionar el pensamiento de quienes tenemos por referentes con el pensamiento de los intelectuales más de moda o de mayor fama (que no necesariamente de mayor prestigio), el de José Antonio siempre se tiende a comparar con el de los regeneracionistas, el de la Generación del 98 y el de José Ortega y Gasset (a quien el propio José Antonio dedicó un artículo tanto de homenaje como de reproche y con quien tenía notables coincidencias y no menos notables diferencias...). Sin embargo, la enorme influencia que ejercieron en su pensamiento los pensadores tradicionales (basta con leer sus textos más doctrinarios para comprobar que desde Santo Tomás a Donoso Cortés, su formación intelectual debe más al pensamiento tradicional que al moderno) no había sido antes analizada con la profundidad y rigor que lo hace Miguel Argaya en este libro, y no porque pretenda hacer un análisis sistemático y cerrado de dicha influencia -que no lo hace, dejando abierto el estudio a otras influencias del mismo signo-, sino porque resalta y analiza influencias concretas que, insisto, anteriormente no se habían analizado con la necesaria atención y profundidad (intentos como los de Salador de Brocà -"Falange y filosofía"- o Moisés Simancas -"José Antonio: génesis de su pensamiento" y "José Antonio: madurez de su pensamiento"-, no tocan apenas estas influencias, y otros como los de Adolfo Muñoz Alonso -"Un pensador para un pueblo"- o Arnaud Imatz -"José Antonio: entre odio y amor"-, pese a su gran rigor y amplitud de análisis, tampoco creo que hayan analizado esa influencia del pensamiento tradicional con la suficiente profundidad). Miguel Argaya se centra mucho justamente en ese aspecto tan insuficientemente analizado (dejando más a un lado las influencias más trilladas) y, finalmente, se atreve a analizar con bastante profundidad las diferencias del pensamiento joseantoniano con el de Ramiro Ledesma Ramos... ¡Y aquí es donde más polémico resulta el libro!

Que el pensamiento de José Antonio (un pensador esencialmente tradicional que no quiere perder el tren del mundo moderno) y el de Ramiro Ledesma (un pensador esencialmente moderno, muy influido por la filosofía germánica) se diferenciaban en muchas cosas, es algo muy evidente. Pero claro, como ambos coincidían en muchos aspectos esenciales (el patriotismo español, el ansia de Justicia Social, la necesidad de un regeneracionismo social, etc.), en vida estaban condenados a entenderse (y así lo hicieron, aunque no tardaron en aflorar las diferencias), al igual que sus herederos políticos... ¡algo que para Miguel Argaya es más un problema que otra cosa! Es muy valiente Miguel al "coger el toro por los cuernos" -sin importarle las consecuencias- e intelectualmente no le faltan razones para defender la necesidad de que el pensamiento joseantoniano se distancie del pensamiento ramirista, aunque políticamente dicha separación tajante no resulte ni tan sencilla ni, seguramente, conveniente... Y es que, como el mismo José Antonio escribió en su famoso artículo de elogio y crítica a Ortega y Gasset, entre lo intelectual y lo político hay importantes diferencias:

"Los valores en cuya busca se afanan los intelectuales son de naturaleza intemporal: la verdad y la belleza, en absoluto, no dependen de las circunstancias. El hallazgo de una verdad es siempre oportuno; la indagación de una verdad no admite apremios por consideraciones exteriores. Uno de los más bellos rasgos de la vocación científica está en esa abnegación con que los operarios de la inteligencia se afanan, a veces, en seguir un rastro a cuyo término no le permitirá llegar la limitación de la vida. Legiones de sabios oscuros caminan por desiertos hacia tierras de promisión que sus ojos no verán nunca. En cambio, la política es, ante todo, temporal. La política es una partida con el tiempo en la que no es lícito demorar ninguna jugada. En política hay obligación de llegar, y de llegar a la hora justa. El binomio de Newton representaría para la Matemática lo mismo si se hubiera formulado diez siglos antes o un siglo después. En cambio, las aguas del Rubicón tuvieron que mojar los cascos del caballo de César en un minuto exacto de la Historia."

En definitiva, un libro muy interesante -de hecho, muy importante y de imprescindible lectura para comprender el pensamiento de José Antonio-, pero desde luego no exento de polémica. ¡Como se espera de los verdaderos intelectuales que no tienen miedo a nada ni a nadie!

miércoles, 10 de febrero de 2021

Entrevista en "El Correo de España"



Agradezco a "El Correo de España" (y en concreto a Javier Navascués) la entrevista que me hizo hace unos días y que aquí reproduzco esperando que sea del interés de mis lectores.


Jorge Garrido nació en Barros (Los Corrales de Buelna, Santander) en 1974. Fue militar (1994-2006), es licenciado en Derecho y accedió por oposición a la Administración General del Estado, trabajo que compagina con el ejercicio de la abogacía. Preside desde 2008 el sindicato "Unión Nacional de Trabajadores" y el "Foro Social Manuel Mateo". También es Vicesecretario General de "Falange Española de las JONS" desde junio de 2005. Entre 1995 y 1996 presidió el "Sindicato Español Universitario". Colaborador de diversos medios de comunicación, ha sido subdirector de los programas de Radio Intercontinental “La Ballena Alegre” (2006-2008) y “La Piel de Toro” (2007-2008), siendo actualmente director del programa "Perspectiva Sindicalista" (desde 2016) y contertulio habitual de "En la boca del lobo" en "Radio Ya". Defensor del catolicismo tradicional desde los años 90 y de la figura del Arzobispo Marcel Lefebvre, es miembro de la Orden de Caballeros de Santa María. Ha escrito numerosos artículos y ensayos, y ha publicado dos libros: "Manifiesto Sindicalista" (Madrid, 2007, aunque escrito en 2001) y "España en el mundo. Propuestas para una nueva política exterior" (Madrid, 2017).

¿Cómo nace su vocación por la abogacía?

Mi vocación como abogado no fue nada precoz (mi verdadera vocación siempre fue la de militar), sino más bien una consecuencia de mi firme compromiso desde mi juventud con el principio de Justicia en general y con la Justicia Social en particular. No es tanto que pensara en ser abogado como en que hay que defender las causas justas, y claro, aunque ello puede hacerse con actividades diversas, la política y la jurídica eran las que más me interesaban. Por eso comencé mis estudios de Derecho en la Universidad de Cantabria, allá por 1992.

Y la compagina con un paso por el Ejército. ¿Por qué lo acaba dejando en 2006?

Así es. Decidí en 1994 aparcar temporalmente mis estudios de Derecho y entrar profesionalmente en las Fuerzas Armadas (FAS), donde estuve en activo hasta 2006. El proceso de transformación de las FAS en esa época me impactó mucho. La desaparición del Servicio Militar Obligatorio y la profesionalización total (una cosa es tener algunos militares de tropa profesionales y otra que lo sean todos y se elimine el Servicio Militar) supuso la progresiva destrucción de los valores militares, algo que, sinceramente, me desanimó como militar. Hoy las FAS (salvo honrosas excepciones) más parecen un cuerpo de funcionarios civiles vestidos de uniforme y dedicados en gran medida a hacer las labores de una ONG que un ejército de verdad. No se enseñan valores militares o patriotismo ni en los periodos de formación, y en general el patriotismo de los militares hoy en día es tan superficial e insustancial que carece de contenido. Obviamente esta generalización es injusta para muchos militares que sí son verdaderos patriotas, pero incluso ellos -si leen estas líneas- no podrán dejar de reconocer que son los menos. Hay diferencias en esto entre oficiales, suboficiales y tropa, pero la tónica general es esa.

Era algo tan triste y desalentador para mí que en 2006 decidí pedir una excedencia, tras aprobar una oposición para personal civil de la Administración General del Estado, a fin de buscar una forma mejor de servir a España: la política, el sindicalismo y la Justicia. Tras retomar y terminar mis estudios de Derecho, durante muchos años abandonados, me colegié como abogado para poder prestar mi ayuda al servicio jurídico del sindicato falangista UNT (Unión Nacional de Trabajadores). Comencé con esta labor en 2006 y en 2008 me eligieron Presidente del Sindicato. No me arrepiento de mi decisión: haciendo lo que hago es como mejor puedo servir a España. En las FAS no sentía estar aportando nada a España en una época tan difícil para la propia supervivencia de nuestra patria. Ojalá me equivoque y nunca tenga que suceder, pero si llega algún día un momento decisivo para el futuro de España, creo más probable una reacción del pueblo para salvarla que de los militares como colectivo (dejando a un lado posibles gestos individuales, por supuesto).

Destaca su militancia en Falange Española de las JONS ocupando diversos cargos en el partido... ¿Cómo nace su afinidad por la Falange y la figura de José Antonio?

En mi juventud mi pensamiento era de izquierda, si bien la famosa primera Huelga General del 14-D de 1988 me produjo un hondo impacto y me alejé progresivamente de la simpatía por el PSOE para acercarme más a Izquierda Unida (aunque era aún muy joven como para poder afiliarme). Mi familia es casi toda de izquierda (mi abuelo materno, con quien siempre tuve una especial afinidad, fue miliciano de la UGT durante la Guerra Civil, aunque también era el encargado de tocar las campañas de la iglesia del pueblo...), así que es normal que mis primeras inquietudes fueran esas.

Mi evolución se debió a varios factores: mi progresivo desencanto con la izquierda (a la que cada vez veía menos interesada por la Justicia Social y más volcada en causas contrarias a los intereses de España, inmorales, antirreligiosas, etc., y yo me sentía patriota y católico); mi abuelo materno, Pedro, que fue el primero que me habló -siempre muy elogiosamente- de José Antonio Primo de Rivera (él sostenía que si en lugar de haber gobernado Franco lo hubiera hecho José Antonio, habría logrado unir a todos los españoles mucho mejor y España se habría transformado completamente); el hecho de vivir en un pueblo montañés (Los Corrales de Buelna) donde FEJONS siempre sacaba buenos resultados electorales y tenía varios concejales (algunos vecinos y conocidos míos muy respetables y que no tenían nada que ver con el socorrido tópico del "fascista violento y chulo" que se vincula a los falangistas); y, finalmente, un libro de la biblioteca municipal, escrito por Antonio Izquierdo ("Yo, testigo de cargo"), que, aunque no trataba propiamente de José Antonio ni de la Falange, comenzaba cada capítulo con una cita suya, y eran todas tan acertadas y con las que me sentía tan identificado, que no pude evitar querer profundizar, leer más sobre el tema y, finalmente, acudir a un mitin de FEJONS que me encantó y comprar el libro recopilatorio de José Antonio "Textos revolucionarios", tras cuya lectura llegué a la conclusión de que yo en realidad siempre había sido falangista sin saberlo.

¿Sabes lo que es haber estado siempre en el lugar equivocado y, de repente, leer algo con lo que te sientes completamente identificado? ¡Era la Falange tan distinta a lo que yo pensaba que era! Si yo no hubiera vivido en esa época en Los Corrales de Buelna, es muy probable que yo nunca hubiera descubierto lo que de verdad era la Falange y me hubiera quedado como mucho en lo bueno que me decía mi abuelo de José Antonio como persona. Esta evolución culminó justo con mi ingreso en la universidad, y allí me afilié al SEU (donde llegué a ser Jefe Nacional) y a FEJONS (donde actualmente ocupo el cargo de Vicesecretario General).

También ha sido muy activa su participación en sindicatos nacional sindicalistas...

Sí, porque para mí el sindicalismo es absolutamente esencial para defender la Justicia Social. La doctrina política falangista es el Nacionalsindicalismo, y en el propio término se incluyen los dos conceptos esenciales que lo conforman: lo nacional (con todos los valores que implica) y lo sindical. Ni lo uno ni lo otro por separado: los dos conceptos necesariamente unidos. Esto es lo que diferencia a la Falange de la derecha y de la izquierda, que teóricamente -en la práctica ya ni eso- se quedan sólo con lo uno o con lo otro, mientras que para nosotros no puede defenderse de verdad la Patria si al mismo tiempo no se defiende la Justicia Social en ella. Sólo sobre la base de una Justicia Social profunda se puede recuperar la preminencia de lo espiritual.

Otra faceta suya es ser articulista y escritor...Háblenos de la importancia de estudiar y difundir la doctrina falangista...

Aunque el activismo sindical y político, unido a mi trabajo y familia, me dejan menos tiempo del que me gustaría disponer para estudiar y escribir, ciertamente creo que he logrado en gran medida que mi vida sea fiel al viejo lema del SEU: "estudio y acción". Nuevamente son dos conceptos que deben ir unidos si no se quiere caer en la esterilidad. El estudio sirve de poco si no se divulga y trata de plasmar en hechos concretos, y el activismo sin una base intelectual y espiritual (que le aporten rigor y altura) está condenado siempre al fracaso.

Y su participación en la radio, en Radio Ya...

Sí, comencé con algunos programas en Radio Intercontinental, luego colaboré en Cadena Ibérica y ahora en Radio Ya, donde dirijo el programa "Perspectiva sindicalista" y participo en las tertulias de "En la boca del lobo". Me encanta la radio. Es una magnífica escuela, especialmente cuando se tiene el privilegio de compartir micrófono y experiencia con personas tan magníficas como las que me han acompañado siempre en estas experiencias. Hay que tener en cuenta que vivimos en la era de la comunicación, y por muy buenas ideas que se defiendan, si no se difunden desde los medios de comunicación es muy difícil que puedan llegar a la gente.

A algunos les llama la atención que siendo falangista defienda la Tradición Católica, cuando en realidad no debería extrañar tanto, ¿no cree?

A mí lo que me sorprende es que haya a quien le sorprenda. Defender la Tradición Católica es algo que debería hacer todo católico, independientemente de sus ideas políticas. Los dos pilares básicos de la Iglesia son la Tradición y el Evangelio (que cronológicamente es un poco posterior). Lo verdaderamente inaudito es que haya católicos de buena fe que no defiendan la Tradición Católica. No puedo comprenderlo.

También destaca su defensa pública de Monseñor Lefebvre, que es un punto de no retorno con relación a la deriva de la Iglesia tras el Concilio...

Yo no conocí la figura de Monseñor Lefebvre hasta 1997. Alguna vez lo había oído mencionar, pero siempre desde la superficialidad. Mi situación en la Iglesia es en cierta manera comparable a la que tuve en la política: veía muchas incoherencias, una crisis de identidad evidente, un querer congraciarse con todo el mundo a costa de dejar de ser lo que se debería ser... Hasta que alguien me habló de la Misa tradicional y fui por curiosidad a una Misa de la Hermandad Sacerdotal San Pío X. Nunca olvidaré aquella primera Misa tradicional en latín... Obviamente ese día no me enteré de nada, pero sentí allí la presencia de Dios como no la había sentido nunca.

¿Cómo han podido robarnos a los católicos ese tesoro tan maravilloso de la Misa tradicional? Fue entonces cuando empecé a entender el problema de la Iglesia: que sus enemigos más dañinos ya no están fuera, sino dentro de ella y ocupando la mayoría de los puestos jerárquicos, empeñados en una auténtica labor de demolición. Tardé algún tiempo en comprender la profundidad del problema (uno siempre quiere pensar que no se trata de un mal deliberado, pero claro, llega un momento en que hasta la mayor de las ingenuidades acaba teniendo que reconocer la realidad) y, lo que es más importante, la dificultad de trabajar por la solución: centrarse con una fe profunda en la labor de reconstrucción de la Cristiandad, empezando por la de la propia Iglesia (hay primero que poner la casa en orden antes de salir a la calle).

Para ello uno debe necesariamente mantener cierta prudente distancia con las jerarquías modernistas (por desgracia más empeñadas en complacer al mundo que a Dios) y no debe perder el tiempo tratando de reconstruir lugares o instituciones irrecuperables (siempre acabarán desautorizándote), sino dedicarse a construir todas las instituciones desde cero: capillas, escuelas, obras piadosas, etc. que, en este estado de necesidad espiritual, no dependan de autoridades modernistas. Yo siempre digo que es como si uno tiene un padre malo que le incita a delinquir. ¿Debe reconocer y respetar a su padre? Sí. ¿Debe obedecerle en lo malo que le ordene? No. ¿Es eso desobediencia? No, es resistencia al mal. Nada más. ¿Deja tu padre de ser tu padre por incitarte al mal? No, siempre seguirá siendo tu padre y debes seguir rezando por él para que vuelva al buen camino, pero en lo malo no puedes cumplir sus indicaciones...

Pues bien, esto lo vio antes que nadie y con una claridad sorprendente Monseñor Lefebvre. En cierta ocasión se lo explicó muy bien al entonces Cardenal Ratzinger, a quien le dijo más o menos esto: "el problema es que ustedes en El Vaticano buscan acercar la Iglesia al mundo mientras que nosotros buscamos llevar el mundo a Dios, y aunque se supone que estamos en el mismo camino, lo cierto es que de hecho vamos en direcciones contrarias...". Mons. Lefebvre fue un hombre de profunda fe que lo sacrificó todo para salvar la Tradición Católica: doctrina, Misa, sacramentos, etc. Sin su heroica resistencia nada habría quedado hoy de esa Tradición. Tuvo que padecer las consecuencias de ello, pero al igual que San Atanasio y otros santos incomprendidos y perseguidos en vida, estoy seguro de que Dios le ha dado su merecido premio de gloria en el Cielo, porque pocas personas han tenido que pasar en esta vida por trances espiritualmente tan duros como los que tuvo que pasar él. Estoy convencido de que fue un verdadero santo, aunque la Iglesia se suele tomar siglos para reconocer la santidad de hombres como él.

¿Qué opina del carlismo y que respondería a las acusaciones de que Falange es un movimiento revolucionario?

El carlismo tiene al menos tres ramas muy distintas, por lo que es difícil opinar de él como si fuera un movimiento homogéneo. Entre el carlismo más doctrinario y el más evolucionado y reformista, pasando por el más moderado, hay grandes diferencias. No obstante, como no pretendo eludir la respuesta, voy a centrarme en lo que considero que es la ortodoxia del carlismo: es un movimiento filosóficamente muy sano, en el que confluyen la defensa de los grandes principios permanentes (empezando por la fe y la Tradición, que, aunque haya intentado monopolizar, nunca lo consiguió), con la defensa de temas accidentales (fueros o dinastías concretas) que son muy discutibles y a los que considero que cometió el error de dar siempre casi la misma importancia, incluso cayendo muchas veces en contradicciones sorprendentes (nunca he comprendido como se puede defender la Tradición y al mismo tiempo la Ley Sálica, por poner un ejemplo).

Creo que del carlismo se deben salvar esos grandes principios de valor general (que, obviamente, no son patrimonio suyo), pero también creo que su plasmación política concreta tiene demasiados añadidos accidentales discutibles y extemporáneos, porque el carlismo no ha sabido adaptarse a la realidad de las sociedades modernas, con economías complejas y problemas nuevos para los que considero que no ofrece alternativas viables. Hoy el carlismo carece de proyectos políticos ambiciosos y apenas sobrevive por la inercia de casi dos siglos de existencia, pero sin aparente voluntad de recuperar el papel político que tuvo en el pasado, por lo que me da la impresión de que camina inexorablemente hacia su extinción. A ello contribuye especialmente su permanente vinculación a una dinastía concreta que hoy no tiene nada que ofrecer a nadie (ni siquiera a los propios carlistas). Curiosamente el carlismo ha aportado sus pensadores más valiosos coincidiendo precisamente con su mayor decadencia política (desde mediados del siglo XX a la actualidad), porque es indiscutible que casi ninguno de los grandes pensadores tradicionalistas españoles del siglo XIX y principios del XX fue carlista (algunos incluso eran manifiestamente anti carlistas). Creo que en la actualidad el carlismo sólo está logrando ofrecer las aportaciones intelectuales de algunos buenos pensadores, lo cual es muy meritorio, pero políticamente poco más puede ofrecer, y cambiar esa dinámica se me antoja una tarea casi imposible.

En cuanto a la Falange como movimiento revolucionario, lo es o no lo es dependiendo de qué se entienda por "revolucionario". El filósofo Ludwig Wittgenstein dedicó su vida -estérilmente- a buscar una solución a lo que él consideraba que era el problema fundamental de la filosofía: "detrás de todo problema filosófico hay frecuentemente un problema terminológico". Es decir, él creía que encontrando un lenguaje común en el que los términos signifiquen lo mismo para todos los interlocutores y utilizando un mecanismo dialéctico neutro y también común, muchos de los problemas filosóficos desaparecerían. Aunque su método es obvio que no logró sus frutos y se equivocó en muchos de sus planteamientos, sí creo que tuvo mucho acierto en su intuición inicial: si no utilizamos los términos con un mismo significado, la consecuencia primera es la falta de entendimiento. La palabra "revolucionario" para un conservador es sinónimo de "destructor de los principios del orden natural y de los valores morales y religiosos tradicionales". Para alguien con una mentalidad muy comprometida con la Justicia Social, en cambio, "revolucionario" significa "comprometido con el cambio radical de las estructuras socio-económicas injustas para crear otras nuevas más justas". Si utilizamos el término "revolucionario" en el primer sentido, es obvio que la Falange no tiene nada de revolucionaria, mientras que si utilizamos el segundo sentido de la palabra (que es el utilizado por los falangistas), parece claro que la Falange es un movimiento profundamente revolucionario.

Algunos cometen la deshonestidad intelectual de apelar al término para tratar de mostrar a la Falange como lo que no es, utilizando la palabra "revolucionario" en el primer sentido y concluyendo que, si la propia Falange dice ser revolucionaria y ser revolucionario es querer destruir el orden natural y los valores morales y religiosos (obviando que la Falange no acepta como propia esa acepción de la palabra), debe deducirse que la Falange busca eso... Hay que ser muy deshonesto intelectualmente para razonar de esa manera. Lo mismo hacen algunos al hablar del presunto "totalitarismo" (a secas) de la Falange, obviando la diferencia entre el "totalitarismo objetivo" (condenado por la Iglesia) y el "totalitarismo subjetivo" (del que es defensora la Falange y del que tan elogiosamente hablaron papas como Pío XI...).

Cuando se utilizan términos y conceptos con falta de rigor o con mala fe, se cae en equívocos y conclusiones erróneas como esas, muy difundidas sobre todo entre algunos círculos intelectuales muy concretos (en este sentido resulta sorprendentemente deshonesto el tratamiento del tema en el clásico libro "Tradición o mimetismo", de Rafael Gambra -por lo demás un gran intelectual al que tuve el honor de conocer personalmente-, donde se llega al atrevimiento de entrecomillar supuestas frases de José Antonio completamente apócrifas). En cualquier caso, para quien tenga dudas sobre el alcance del término "revolucionario" para la Falange, basta con leer sus propios textos (los "Puntos iniciales de Falange Española", los "27 Puntos de FEJONS" o el clarificador artículo "La Tradición y la Revolución" de José Antonio Primo de Rivera) para entenderlo perfectamente.

¿Cómo valora la labor del Correo de España y que espera aportar?

Es una publicación que aporta mucho al penoso panorama de la prensa española, dominada por grupos editoriales y tecnológicos al servicio de intereses espurios en demasiadas ocasiones. Por eso es tan necesaria vuestra labor, porque sois un oasis de libertad y rigor en este desierto insoportable en el que vivimos, donde todo lo que parece maravilloso termina siendo un espejismo en cuanto se le somete a prueba... Espero que mi limitadísimo tiempo me permita aportar algo que los exigentes e inteligentes lectores de este medio consideren interesante. Sé que es difícil estar a la altura de este medio, pero me esforzaré en intentarlo. ¡Muchas gracias por contar conmigo!

viernes, 2 de marzo de 2018

El impacto tecnológico en el empleo


Os ofrecemos el vídeo y el audio de mi conferencia sobre "El impacto tecnológico en el empleo" (que pronuncié en la sede nacional del sindicato UNT en Madrid el pasado 23-II-2018) tanto en Youtube como en Ivoox para facilitar a todos que pueda ser escuchada y compartida fácilmente:


Este es el enlace al audio en Ivoox: http://www.ivoox.com/impacto-tecnologico-empleo-por-jorge-audios-mp3_rf_24125040_1.html

lunes, 16 de enero de 2017

La Transición española en el ámbito sindical



Hace meses se publicó en el número 28 de la revista "Nihil obstat" (https://edicionesfides.com/2016/10/24/nihil-obstat-no-28/) un extenso artículo mio que creo puede ser de interés a los lectores de este blog, así que aquí lo pongo a vuestra disposición.

La Transición española en el ámbito sindical

Por Jorge Garrido San Román (Presidente de Unión Nacional de Trabajadores)


“Transición española” es el término con el que se suele denominar el período de la historia de España comprendido, aproximadamente, entre 1975 y 1978 (ó 1982, con la victoria electoral del PSOE y tras el autogolpe de estado del 23F de 1981), cuando desde el mismo poder continuador del régimen franquista –alentado principalmente por el propio Rey de España–, se acometió una labor política y jurídica de “voladura controlada” del mismo que, bajo la apariencia de una reforma, supuso de hecho una ruptura total basada en un claro fraude de ley que se describió –errática, pero gráficamente– con la frase “de la ley a la ley” (Torcuato Fernández-Miranda dixit). No obstante, la cronología tradicional de la Transición (1975-1978 ó 1982) se queda corta en lo que se refiere a la transición sindical, ya que el cambio de la legislación franquista en esta materia fue más lento y no culminó plenamente hasta la aprobación de la Ley Orgánica de Libertad Sindical en 1985 (previa aprobación en 1980 del Estatuto de los Trabajadores), aunque hay quienes alargan la fecha incluso hasta 1986, cuando el proceso de integración en la CEE (Comunidad Económica Europea, posteriormente denominada Unión Europea) culmina la mal llamada “reconversión industrial”, verdadero proceso de desindustrialización que destruyó gran parte de la industria pesada española (acerías, altos hornos, astilleros, etc.) dentro de un plan de división internacional del trabajo por el que España quedaba como una economía de servicios (orientada fundamentalmente al turismo, llegándose a decir, no sin gran parte de razón, que se condenaba con ello a nuestros hijos a un futuro que se debatía entre la hostelería y la prostitución), de bajo valor añadido que tendría que competir con bajos salarios y una alta tasa de desempleo, de carácter estructural, que ayudara a esa contención salarial que aportara la competitividad que no se conseguía por otros medios y que llevó los niveles de desempleo a cifras desconocidas hasta entonces (aunque posteriormente han sido superadas con creces).

Existe una amplia bibliografía dedicada a la Transición política, si bien no lo es tanto la que aborda ese tema desde el punto de vista estrictamente sindical, siendo la mayoría de ella limitada a publicaciones de los propios sindicatos protagonistas de dicho período, siempre desde un enfoque que oscila entre la autosatisfacción y la frustración por no haber sido un proceso tan abiertamente rupturista como algunos hubieran deseado. Hay que tener en cuenta que los sindicatos de oposición, aún clandestinos, apostaron por una Transición rupturista (como les dictaban sus partidos de referencia, el PSOE en el caso de la UGT y el Partido Comunista de España en el caso de CCOO) y veían con desconfianza que el sucesor de Franco pretendiera real y sinceramente abordar una transformación tan profunda del Régimen.

Pero para comprender la Transición en el mundo sindical, conviene hacer al menos una breve referencia a la situación de partida, pues sólo así se puede entender la verdadera dimensión de la transformación producida.


1.- El sindicalismo en el Régimen franquista 

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Tras haberse prohibido todas las organizaciones sindicales de clase, al poco de terminar la Guerra Civil española, por la Ley de 8 de agosto de 1939, todos los asuntos directamente relacionados con las actividades sindicales en España pasaron a depender del Servicio de Sindicatos de FET y de las JONS (organización creada el 19 de abril de 1937 mediante el Decreto 255/1937 –más comúnmente conocido como “Decreto de Unificación”–,  por el cual el Jefe del Estado, Francisco Franco, unificó a FE de las JONS con los carlistas del Requeté, constituyendo con ello un partido único oficial del Estado en el que debían integrarse todas las fuerzas políticas que apoyaron el Alzamiento Nacional).

Previamente, mediante el Decreto del 9 de marzo de 1938 se había aprobado el Fuero del Trabajo, texto fundamental en el que se establecieron las bases del derecho laboral y sindical español, partiendo en gran medida de la concepción nacionalsindicalista del trabajo, constituyendo al Sindicato Vertical o unitario como Corporación de Derecho Público (punto XIII, 3) al servicio del Estado (punto XIII, 5). No obstante, este segundo importante matiz evitaba consagrar la concepción nacionalsindicalista más ortodoxa del sindicalismo vertical o unitario, según la cual el Sindicato debía tener la categoría de órgano del Estado, con plena autoridad estatal en las materias de su competencia, a fin de coadyuvar en la constitución de un “Estado Sindical” (algo muy distinto a un “Sindicato estatal” (que es lo que en realidad instituía el Fuero del Trabajo), pues no es lo mismo que el Sindicato esté subordinado en todo al Estado –como mero instrumento o apéndice del mismo, fruto de una concepción  hiperestatalista, moderna e incluso jacobina del Estado–, a que sea el Estado el que se conforme desde abajo, orgánica o democráticamente, fruto de una concepción más tradicional, más natural, más respetuosa con las esferas de autonomía o soberanía social de los cuerpos intermedios entre la persona y el Estado, a los que el mismo José Antonio Primo de Rivera –que estaba claramente en esta línea, muy alejada de la posición hiperestatalista que incomprensiblemente muchos le siguen achacando, descontextualizando frases sueltas suyas y demostrando con ello una gran ignorancia de su verdadero pensamiento– quería devolver su tradicional protagonismo para que así se descargara “el Estado de mil menesteres que ahora inútilmente desempeña”, reservándose únicamente y, eso sí, con plena autoridad y fortaleza, “los de su misión ante el mundo, ante la Historia”).

La Ley de Unión Sindical de 26 de enero de 1940 dispuso que la Organización Sindical Española (OSE) –o Sindicato Vertical, que fue su denominación original y con la que se le siguió denominando comúnmente– asumiera toda actividad sindical en el Estado, de forma que la Delegación Nacional de Sindicatos (que llegaría a alcanzar rango de Ministerio en 1969) ejercía sus funciones ordenadoras a través de los Sindicatos Nacionales en los distintos sectores y de las Centrales Nacional-Sindicalistas en las diversas esferas territoriales, correspondiendo la coordinación a nivel provincial a las Delegaciones Provinciales de Sindicatos, tal como contempló la Ley de Bases de la Organización Sindical de 6 de diciembre de 1940. 

La Ley de 23 de junio de 1941 encuadró la Organización Sindical de en 24 Sindicatos Nacionales para las distintas actividades productivas, que se aumentarían después a 26 y que llegarían a ser 30 en 1972 (con 1.605 Sindicatos Provinciales y 12.789 Sindicatos Comarcales y Locales que integraban a 7.881.643 obreros organizados en Uniones y 3.922.120 empresarios –de los cuales 2.926.489 eran trabajadores independientes–  organizados en Organizaciones empresariales). Hay que tener en cuenta que los Sindicatos (Nacionales, Provinciales, Comarcales y Locales) de la Organización Sindical integraban en su seno tanto a obreros como a empresarios (considerados todos ellos como “productores”), pero en suborganizaciones diferenciadas (Uniones obreras y Organizaciones empresariales). 

La Ley del 2 de septiembre de 1941 dispuso la integración definitiva en la Organización Sindical de los Sindicatos Agrícolas, las Cajas Rurales, las Cooperativas y los demás organismos anejos creados al amparo de la Ley de 1906.

La Ley de Convenios Colectivos Sindicales de 24 de abril de 1958 (modificada luego por la Ley 18/1973, de 19 de diciembre) reconoció la negociación sindical colectiva, que debía realizarse dentro de la propia Organización Sindical por medio de las Comisiones Mixtas de Negociación, formadas de forma paritaria por representantes obreros (elegidos por las distintas Uniones) y empresariales (elegidos por las Organizaciones de empresarios o directamente por las empresas).

La Ley 41/1962, de 21 de julio (desarrollada por el Decreto 2241/1965, de 15 de julio), estableció la participación de los trabajadores en los órganos de administración de las empresas que tuvieran la forma jurídica de Sociedad y una plantilla mínima de 500 trabajadores fijos (límite que se podía reducir por parte del Gobierno a propuesta del Ministerio de Trabajo). 

El 28 de diciembre de 1963 se promulga la Ley de Bases de la Seguridad Social, que marca un hito histórico en la materia al establecer un sistema moderno y avanzado de previsión social.

El 17 de febrero de 1971 se aprobó la Ley Sindical 2/1971, cuyo texto contó con interesantes aportaciones, incluido un estimable informe del Grupo de Estudios de la O.I.T. (Organización Internacional del Trabajo).

De la Organización Sindical dependían además numerosos servicios: las Oficinas de Colocación, la Obra Sindical del Hogar –muy limitada por el Instituto Nacional de la Vivienda por confluencia de competencias–, la Obra Sindical de Formación Profesional, la Obra Sindical de Colonización, la Obra Sindical de Educación y Descanso, la Obra Sindical de Previsión Social –muy limitada por el posterior Instituto Nacional de Previsión y por la Seguridad Social, también por confluencia de competencias–, el Instituto de Estudios Sindicales, etc.

Se trataba en definitiva, como hemos dicho a propósito del Fuero del Trabajo, de un concepto de “sindicalismo unitario” heredado formalmente del Nacionalsindicalismo (aunque sólo en parte, pues para esa ideología el sindicalismo unitario o vertical era sólo un instrumento al servicio del fin último de la superación de la relación bilateral del trabajo mediante la titularidad sindical de los medios de producción de las medianas y grandes empresas, paso fundamental que nunca se planteó dar el régimen franquista y sin el cual era imposible acabar materialmente con la “lucha de clases” definida por el marxismo y formalmente prohibida), pero como no basta con prohibir la “lucha de clases” para que ésta desaparezca, la legislación sindical no podía ignorar la distinta posición de obreros y capitalistas –normalmente confundidos conceptualmente como empresarios– y el conflicto de intereses que generaba la economía capitalista, por lo que, como ya hemos indicado, dentro de los distintos Sindicatos existían dos subestructuras distintas: las Uniones que culminaban en los Consejos de Trabajadores y las Organizaciones empresariales que culminaban en los Consejos de Empresarios (en ambos casos también Nacionales, Provinciales, Comarcales y Locales). Todo ello demuestra que el sindicalismo franquista no llegó nunca a pasar de ser un corporativismo más o menos avanzado y que ofrecía numerosos servicios sindicales, pero que siempre se quedó muy lejos de llegar a ser el verdadero sindicalismo vertical que afirmaba ser.

Otra institución fundamental fueron las Magistraturas de Trabajo, una serie de tribunales especiales en materia laboral destinados a resolver los conflictos laborales por la vía individual. Dichas Magistraturas fueron elaborando una copiosa y modélica jurisprudencia, fuertemente proteccionista con los derechos laborales, que desarrolló los principios del Derecho Laboral español de una forma coherente y sólida, de forma que aún hoy son añoradas por muchos veteranos sindicalistas y abogados laboralistas.

Las Mutualidades de previsión (unas voluntarias, otras obligatorias) y Montepíos servían de complemento del Seguro Social (y de la posterior Seguridad Social) y aunque surgieron de los distintos Sindicatos, pasaron pronto a ser gestoras independientes. Los fondos de estas Mutualidades serían posteriormente dilapidados para financiar la Transición, como luego veremos.

La clave de bóveda de este entramado sindical y laboral era el Ministerio de Trabajo, que regulaba en exclusiva los salarios y las condiciones laborales a través de las Ordenanzas de Trabajo (precedente de los Convenios Colectivos, que solían destacar por su gran calidad técnica, razón por la cual pervivieron durante décadas, incluso durante la Transición), hasta la aparición de la citada Ley de Convenios Colectivos Sindicales de 1958.


2.- Los antecedentes del sindicalismo de la Transición

El sindicalismo franquista vivió en una permanente contradicción que no fue capaz de solucionar de forma satisfactoria, ya que la idea sindical inicial –basada en el Nacionalsindicalismo– se quedó siempre a medias, siendo más teórica que real y no llegándose a plantear nunca seriamente (salvo el intento –frustrado desde el Gobierno– del Delegado Nacional de Sindicatos, Gerardo Salvador Merino, en la inmediata postguerra) la implantación del modelo de “empresa sindical”, donde el mediano y gran empresario –separado de su posición de capitalista único y centrado en su estricta labor de dirección empresarial– compartiría la propiedad de la empresa con el resto de trabajadores en el Sindicato de Empresa. La prohibición legal de la “lucha de clases” nunca se pudo materializar en la práctica porque no se utilizó la Organización Sindical para superar la relación bilateral del trabajo –la distinta posición e intereses de quien aporta capital y quien aporta trabajo–, sino para conciliar en la medida de lo posible ambas posiciones en lo que no dejó de ser un modelo corporativista más o menos avanzado y social, pero no nacionalsindicalista. Ello implicaba necesariamente mantener, aunque fuera de manera disimulada, la “lucha de clases”, con las inevitables tensiones que ello suponía.

Así se entiende que, poco a poco, la negociación colectiva fuera cada vez menos efectiva en el seno de la Organización Sindical y surgieran espontáneamente las primeras “Comisiones Obreras” (cada vez que surgía un conflicto, los trabajadores elegían una comisión negociadora al margen del Sindicato oficial y, una vez finalizado el mismo, se disolvía). La primera Comisión Obrera se constituyó en 1957 en la mina de La Camocha (Asturias), donde sus 1.500 trabajadores se declararon en huelga durante nueve días. Esta primera Comisión Obrera –que organizó el comunista Casimiro Bayón–, consiguió que fueran atendidas sus reivindicaciones al margen de la Organización Sindical, y ello animó a repetir la experiencia en otras empresas, dado que los trabajadores percibían que su eficacia negociadora era mucho mayor que la que ofrecía el Sindicato oficial.

La Ley de Convenios Colectivos Sindicales de 1958 abrió nuevas posibilidades institucionales a estas incipientes “Comisiones Obreras”, que en el futuro no dudarían en presentarse a las elecciones sindicales oficiales para ir copando representatividad y ganando influencia social, lo que les permitió realizar una labor de pinza tanto desde dentro como desde fuera del Régimen al mismo tiempo, aumentando con ello notablemente su capacidad de presión y, en definitiva, su prestigio, ya que los demás sindicatos clandestinos –UGT, CNT, etc.– estuvieron permanentemente fuera de juego, al margen del sistema y sin capacidad real de presión, a excepción de USO (Unión Sindical Obrera) que, desde un “socialismo cristiano” –que luego se terminó quedando en “socialismo” a secas–, practicó una estrategia similar a las CCOO (aunque algo menos virulenta) y fue la única organización que durante el último franquismo rivalizó con ellas. La UGT, por su parte, mantuvo un perfil bajo –como su partido “hermano”, el PSOE–, teniendo cierta presencia real en Vizcaya y pocas zonas más, mientras que la CNT, que tanta fuerza tuvo en el primer tercio del siglo XX, nunca fue capaz de articular una oposición sindical seria (más allá de algunos altercados y actos terroristas más o menos aislados) y se mantuvo permanentemente anclada en unos postulados utópicos que cada vez la alejaban más de los trabajadores (lo que con los años, ya avanzada la Transición, supondría la escisión de la CGT, promovida por quienes apostaban por un Anarcosindicalismo más posibilista y que no renunciara a utilizar los mecanismos de representación sindical previstos en la legislación laboral y sindical).

En las primeras “Comisiones Obreras” (clandestinas, pero no necesariamente incompatibles con el sindicalismo oficial, que utilizaba como complemento de su estrategia) fue muy importante la participación de sindicalistas de todo signo (tanto falangistas históricos como Ceferino Maestú, Jesús Matorras –hijo del histórico sindicalista falangista Enrique Matorras–, o los hermanos Reboul, como también comunistas, cristianos procedentes de la HOAC y AST, etc.). Poco a poco estas comisiones, que tuvieron su primer lugar estable de acogida en el falangista “Centro Social Manuel Mateo” –entonces dirigido por José Hernández y Diego Márquez, quien en 1983 llegaría a ser Jefe Nacional de Falange Española de las JONS–, fueron perdiendo su espontaneidad inicial y, gracias sobre todo a la labor de los sindicalistas del clandestino PCE (Partido Comunista de España) –que fueron copando el protagonismo dentro de ellas, sobre todo gracias a Marcelino Camacho y Julián Ariza–, pasaron a ser coordinadas y estables, especialmente a partir de 1963, con la finalidad de introducir la agitación política comunista en las empresas, creándose a tal fin a nivel nacional las Intercomisiones Coordinadoras en 1967, y pretendiendo suplir de hecho a los representantes sindicales oficiales.

Cuando las “Comisiones Obreras” habían ya alcanzado una fuerza real y eran claramente dirigidas de acuerdo a la estrategia política del PCE, combinando la acción legal con una creciente y cada vez más violenta acción ilegal, el Estado intentó una aproximación a las mismas. Así es como se produjo en enero de 1965 una reunión de cuatro miembros de la “Comisión del Metal de Madrid” (Marcelino Camacho, Julián Ariza, Jesús Matorras y Fuentes) con el Ministro José Solís, a petición de éste. El Ministro Solís les planteó la posibilidad de que las Comisiones Obreras se integraran en su proyecto de reforma de la Organización Sindical, pero la propuesta fue rechazada. Es entonces cuando comienza una abierta persecución de CCOO que se inició de forma decidida con la expulsión en febrero de 1966 de la “Comisión Inter-ramas de Madrid” del “Centro Social Manuel Mateo” (que terminó clausurado), siguió con una primera Sentencia del Tribunal Supremo que declaró ilegal la “Comisión Obrera de Vizcaya” el 16 de febrero de 1967 (confirmando una sentencia anterior del Tribunal de Orden Público, y a la que seguirían otras sentencias similares respecto a otras muchas “Comisiones Obreras”, lo que implicaría su deslegalización real, aunque de hecho las CCOO seguirían actuando sin respetar dichas sentencias) y con numerosos procesos judiciales por huelgas ilegales, asociación ilegal, etc. Especial importancia tuvo el denominado “Proceso 1001”, en el que diez dirigentes de CCOO fueron condenados a severas penas de cárcel por sus actividades ilegales.

En enero de 1974 se produce un hecho de gran importancia simbólica: el Grupo de los Trabajadores de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) admite a CCOO, UGT y USO como representantes de los trabajadores españoles, lo que dejó a la Organización Sindical (que llevaba mucho tiempo reclamando su homologación internacional por parte de la OIT) completamente fuera de juego. La presión de CCOO, UGT y USO a nivel internacional tuvo éxito y, con su reconocimiento por la OIT (que obedecía a motivos más políticos que sindicales), pese a seguir siendo ilegales en España, la Organización Sindical recibió un duro golpe que no supo responder y del que ya no fue capaz de reponerse.


3.- La Transición en el ámbito sindical (más allá del mito)

Resultado de imagen de ugt ccoo uso cntEn 1976 el entonces Ministro de Relaciones Sindicales, Rodolfo Martín Villa, inició un proyecto de “Ley de Reforma Sindical”, consultando meses después a UGT y a USO, que rechazan la reforma propuesta (CCOO no fue consultada).

En abril de 1976, UGT celebró su XXX Congreso, que contó con la autorización del Gobierno presidido por Carlos Arias Navarro, en lo que CCOO –cuyo congreso, en cambio, no fue autorizado y se tuvo que celebrar de forma clandestina, aunque más o menos tolerada– interpretó como un intento de profundizar la división sindical disidente del sindicalismo oficial, y ello ante la cercanía del desmontaje de la Organización Sindical y la ya previsiblemente próxima legalización de los sindicatos de clase.

En julio de 1976 vio la luz el único intento serio de configurar un sindicalismo unitario desde las organizaciones sindicales disidentes: la Coordinadora de Organizaciones Sindicales (COS), un organismo sindical unitario cuya breve trayectoria se truncó tras los primeros meses de 1977 por la ruptura de UGT, por lo que se hizo evidente que el panorama de división sindical se hacía inevitable, y ello por dos razones: por la negativa pertinaz de la UGT –principalmente– a participar en una central unitaria y por la falta de voluntad política de caminar por la senda del sindicalismo oficial unitario y obligatorio (ni siquiera la propia Organización Sindical luchó por su propia supervivencia y parecía tener asumido que su desaparición era cuestión de tiempo). Así, cuando en esos años se diseñó el actual modelo sindical, que culminó con la aprobación de la Ley Orgánica de Libertad Sindical de 1985, pocos sindicatos apostaban por un modelo de sindicalismo unitario (y ninguno por el obligatorio, al menos entre los más importantes). La mayoría, con UGT a la cabeza –aunque sin el apoyo de CCOO–, apostaron por un sindicalismo fragmentado con la excusa de la “pluralidad sindical” (término con el que se pretendía camuflar la realidad de su relación –que en realidad era una directa dependencia política– con determinados partidos políticos). Es decir, que preferían dividir a los trabajadores y afrontar competiciones electorales siguiendo el modelo de los partidos políticos (lo que recuerda la crítica a la Socialdemocracia parlamentarista que hacía el sindicalismo revolucionario clásico). Nada impedía que la pluralidad sindical se manifestara dentro de una estructura representativa unitaria –y obligatoria, como sucede con los Colegios profesionales–, pero ellos prefirieron que el movimiento sindical siguiera por otros derroteros menos representativos y que restaran fuerza a los trabajadores asumiendo los principios burgueses demo-liberales. 

Respecto a CCOO hay que hacer una precisión en lo referente a su concepto de “unidad sindical”, pues ya en su Programa vigente en 1976 omitían concretar su contenido y en su Capítulo 1º a) también se hablaba de “libertad sindical” (concepto difícilmente conciliable con el de “unidad sindical”, ya que el concepto de libertad sindical implica teóricamente la libertad de fundación de sindicatos –si bien es cierto que ello podría conciliarse, aunque no sin dificultades, con la necesaria participación de los mismos en una estructura representativa sindical única–), y de “libertad de sindicación” (algo directamente imposible de conciliar con la afiliación obligatoria). Eso hacía que la teórica defensa del principio de unidad sindical por parte de CCOO en la práctica no fuera sostenida con demasiado interés –e incluso sinceridad– durante la Transición (y menos aún después), y ello especialmente a la vista de la posición contraria al mismo de casi todos los demás sindicatos. Sin embargo, ante la ausencia de una defensa del principio de unidad sindical, 101 dirigentes de CCOO firmaron en enero de 1976 un documento titulado “Anteproyecto de la Unidad Sindical”, en el que proponían la unidad orgánica en una central unitaria creada mediante un Congreso Sindical Constituyente). Era evidente que esta reacción demostraba que CCOO de hecho había renunciado ya en esas fechas a la defensa de un principio que durante la Transición ya sólo defendieron algunos pequeños sindicatos, como SU (Sindicato Unitario, de tendencia marxista), UNT (Unión Nacional de Trabajadores, de tendencia nacionalsindicalista –creada a finales de 1977–, que además de defender el principio de “unidad”, también defendía el de “obligatoriedad”) o, posteriormente –desde 1979–, FNT (Fuerza Nacional del Trabajo, vinculado muy directamente al partido Fuerza Nueva).

Resultado de imagen de sindicato UNTLa sindicación obligatoria ningún sindicato importante la ha defendido desde la Transición (a excepción de la pequeña UNT), y ello precisamente porque la politización partidista de los sindicatos de clase hacía que éstos no desearan tener que convivir con afiliados carentes de su mismo compromiso político partidista (como sucede en los Colegios Profesionales, que justamente por eso son prácticamente imposibles de manejar de forma partidista). En ello coincidieron UGT, CCOO y USO, convencidas de que era preferible contar con menos afiliados, pero bien ideologizados y disciplinados, que tener una mayor representatividad real al precio de un menor control ideológico y/o partidista. Esa es la razón fundamental de que ninguna organización sindical importante defendiera la sindicación obligatoria (aunque fuera bajo el principio de libertad de elección de sindicato por vigencia del principio de pluralidad sindical).

El 8 de octubre de 1976 el gobierno Suárez aprobó la creación de la Administración Institucional de Servicios Socioprofesionales (AISS), un organismo autónomo, dependiente de la Presidencia del Gobierno, en el cual se integró toda la estructura sindical. La AISS se hizo cargo de la propiedad y gestión del patrimonio inmobiliario sindical y de todos sus archivos, con lo que se daba un claro paso adelante en el desmantelamiento del sindicalismo oficial.

La USO sufrió en 1977 una de sus mayores crisis, saliendo de la misma gran parte de sus afiliados y la mayoría de sus cuadros dirigentes (que se integrarían en la UGT), y en 1980 una nueva escisión, esta vez del ala autogestionaria (que se integraría en CCOO), quedando gravemente mermada y ya muy lejos de la fuerza que había llegado a tener.

La Ley 19/1977, de 1 de abril, sobre Regulación del Derecho de Asociación Sindical, utilizó el truco (en la línea habitualmente seguida durante la Transición de lo que en realidad era un verdadero fraude de ley) de afirmar que se trataba de una mejor interpretación del Fuero del Trabajo (Declaración XIII), “más congruente con las exigencias actuales”,  en virtud de la cual se derogaba la Ley Sindical del 17 de febrero de 1971 y se permitía la constitución de asociaciones profesionales de trabajadores y empresarios (artículo 1º) sobre el principio de voluntariedad. 

El Real Decreto Ley 17/1977, de 4 de marzo, sobre Relaciones de Trabajo, estableció una nueva regulación del derecho de huelga (derogando el Decreto Ley 5/1975, de 22 de mayo), eliminó el requisito de negociación obligatoria previa (artículo 3), siendo sólo necesario el acuerdo expreso en cada centro de trabajo por la mayoría de los representantes sindicales o trabajadores, debiendo comunicarse el acuerdo a la empresa con al menos 5 días de antelación.

Poco después, el 2 de junio de 1977, un Real Decreto extinguió la afiliación sindical obligatoria, con lo que era evidente que la Organización Sindical tenía definitivamente los días contados, algo que tuvo lugar pocos meses después, cuando por Real Decreto del 6 de diciembre se declararon extintas las estructuras del Sindicato Vertical. Era la crónica de una muerte anunciada… Por eso, en los últimos meses de 1977 comenzaron a organizarse los cuadros sindicales de la Organización Sindical que, aun siendo minoritarios dentro de la propia OSE, lejos del burocratismo imperante aún mantenían un alto compromiso ideológico con el Nacionalsindicalismo. Tras un congreso constituyente, más de un centenar de ellos decidieron crear la Unión Nacional de Trabajadores (UNT), de inspiración netamente nacionalsindicalista y que ha pervivido hasta la actualidad, cuyos Estatutos serían publicados en el BOE en el mes de enero de 1978, siendo Rafael Muñiz su Presidente hasta el año 2008. No obstante, y salvo algunos sectores y empresas concretos (taxistas, banderilleros taurinos, administraciones de loterías –sector en el que aún en 2001 tenía más de 500 afiliados–, Ericsson –importante empresa multinacional donde mantuvo una importante actividad, formando parte de su Comité de Empresa hasta 2004–, etc.), UNT contó en sus mejores momentos únicamente con unos pocos miles de afiliados, no llegando nunca a alcanzar la entidad suficiente como para poder ser una alternativa sindical efectiva frente a CCOO, UGT y USO a nivel nacional. 

Otros cuadros sindicales de la OSE menos nacionalsindicalistas, o que simplemente no apostaban por el proyecto de UNT y que prefirieron tratar de mantener su poder sindical en algunos sectores concretos donde se sentían fuertes, optaron por crear pequeños sindicatos sectoriales de corte “independiente” que en no pocos casos tuvieron cierto peso en su ámbito de actuación (y algunos lo siguen teniendo, aunque ya sin la menor vinculación con su origen). No obstante, su nula coordinación les restó representatividad a nivel nacional, lo que supuso de hecho su marginación fuera del ámbito más inmediato de su actividad representativa.

La Transición, pese a lo que suele decirse, no fue el proceso modélico y democrático que actualmente se pretende mostrar –y que no deja de ser un mito–, y en el aspecto sindical se caracterizó por una gran conflictividad laboral tras la que no se escondía una oposición sindical fuerte al proceso de desintegración de los derechos laborales adquiridos, sino que con ella se enmascaraba en realidad una auténtica cesión en toda regla frente al poder político. Es decir, la conflictividad sindical fue la coartada perfecta para sacrificar de hecho a los trabajadores en holocausto a los dioses de los partidos políticos, y ello se puede resumir en cuatro momentos clave: los denominados “Pactos de la Moncloa” de 1977, la aprobación de la Constitución Española de 1978, la promulgación del Estatuto de los Trabajadores en 1980 y la Ley Orgánica de Libertad Sindical de 1985.


Los “Pactos de la Moncloa” y el ámbito sindical

La Transición se desarrolló en un contexto de grave y persistente crisis económica, provocada inicialmente por la crisis del petróleo de 1973, pero muy agudizada por la inestabilidad política y por la nefasta gestión de los distintos e incompetentes gobiernos de la Transición (incluido el sacrificio de grandes sectores productivos, especialmente la industria pesada, en aras de la entrada en la CEE). Mientras que en 1959 el PIB español por habitante era del 56% del de los nueve países fundadores de la CEE (hoy UE), en 1975 era ya del 79,2%, bajando al 70,8% en 1985 (en 2010, pese a décadas de esfuerzos para lograr una mayor “convergencia”, era aún del 75,4%). La tasa de desempleo se disparó desde el 3,74% en 1975 (medio millón de parados) hasta el 20,75% en 1985 (casi 3 millones). Asimismo, mientras que en 1975 el empleo efectivo llegaba a 12,91 millones, en 1985 se había reducido a 11,34 millones. El empleo asalariado se contrajo en ese período desde los 9,8 millones hasta los 7,7 millones y la conflictividad laboral aumentó exponencialmente en 1976, creándose una situación de tensión que amenazaba con hacer naufragar todo el proceso de la Transición.

Es en este contexto cuando se gestan los conocidos como “Pactos de la Moncloa” (cuyo verdadero nombre era “Acuerdo sobre el programa de saneamiento y reforma de la economía”) del 27 de octubre de 1977 (negociados y firmados al margen del pueblo y del Parlamento, sin debate público ni votaciones) y del que los sindicatos UGT y CCOO siempre han querido resaltar que no fueron firmantes, ya que supusieron un enorme sacrificio por parte de los trabajadores con el fin de salvar un proceso de Transición que hacía agua por todas partes. Evidentemente se exigía a UGT y CCOO una traición en toda regla a los trabajadores (congelación salarial generalizada –que incluso se garantizaba autorizando a las empresas a despedir hasta al 5% de sus plantillas si la presión sindical obligaba a aceptar subidas salariales superiores al IPC previsto–, freno de las reivindicaciones y huelgas, imposición de nuevos impuestos como el IRPF o el IVA, reducción del gasto social, traspaso de las Mutualidades Laborales –con sus ingentes fondos, que superaban los 50.000 millones de pesetas– al Instituto Nacional de la Seguridad Social –pasando con ello de su control social al político–, traspaso de los servicios sindicales de empleo y formación al nuevo Instituto Nacional de Empleo, etc.), por lo que se decidió contar con ambas organizaciones sindicales, a las que se prometían suculentas compensaciones a cambio de su anuencia: había sobre la mesa numerosas subvenciones y “devoluciones” (asignaciones más bien) patrimoniales que en ese momento interesaban mucho más a UGT y CCOO, apoyando esa traición a los trabajadores que fueron los “Pactos de la Moncloa” a cambio de numerosas prebendas legales y económicas. De hecho aún hoy se siguen “devolviendo” locales que nunca fueron suyos o que se construyeron décadas después. Es de destacar cómo son capaces incluso de declararse herederos del viejo Sindicato Vertical para justificar esas “devoluciones”, como es el caso, verdaderamente sorprendente e insólito, de CCOO.

En cualquier caso, aunque formalmente CCOO y UGT no figuraron como firmantes de los “Pactos de la Moncloa” (por ser un pacto sólo firmado por los partidos políticos con representación parlamentaria –UCD, PSOE, AP, PDC, PCE, PSP, etc.–, aunque como ya dijimos, completamente ajeno al propio Parlamento –lo que no dejaba de ser una ilegalidad manifiesta que trató de subsanarse a posteriori de forma insólita: llevando los Pactos al Congreso de los Diputados el mismo día de su firma, y al Senado el 11 de noviembre, sin seguir los trámites legalmente previstos, para su ratificación por ambas cámaras–), lo cierto es que ambos sindicatos formaron parte activa de los Pactos y estamparon su firma en una parte esencial del documento que, ciertamente, no era el documento teóricamente oficial final. En concreto, el documento oficial tenía un preámbulo, titulado “Criterios previos aprobados el día 9 de octubre de 1977. Resumen de trabajo”, en el que –efectivamente– figuraron como firmantes Nicolás Redondo por UGT y Marcelino Camacho por CCOO (además de Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno, Enrique Fuentes Quintana como Vicepresidente del Gobierno y Ministro de Economía, Felipe González por el PSOE, Santiago Carrillo por el PCE y Enrique Tierno Galván por el PSP), por lo que en realidad sí puede decirse que UGT y CCOO formaron parte de los “Pactos de la Moncloa”. De hecho, en el Informe General presentado al I Congreso Confederal de CCOO, se trató de justificar esta clara traición a los trabajadores en que había que “sanear la economía para consolidar la democracia”, lo que no dejaba de ser una clara confesión de parte de que se habían sacrificado los intereses de los trabajadores en aras del proyecto político de la Transición (renunciando incluso a la huelga, instrumento que hasta entonces habían utilizado sistemáticamente cuando la estrategia política del PCE lo aconsejaba). Al menos no tuvieron el cinismo de negarlo…


La Constitución Española de 1978

La Constitución de 1978 dicen muchos juristas que “constitucionalizó” el derecho al trabajo, olvidando que tal derecho ya formaba parte de la legislación constitucional anterior (las Leyes Fundamentales del Movimiento, y particularmente el Fuero del Trabajo), consagrando el reconocimiento formal de una serie  de derechos y libertades cuya efectividad real es nula, pues según la doctrina constitucionalista se trata de principios constitucionales de valor meramente “programático”. De este modo, el Título I comprende un total de 46 artículos consagrados a “los derechos y deberes fundamentales”, siendo muchos de ellos verdadero papel mojado.

La Constitución de 1978 definió el Estado como “social y democrático de derecho”, por lo que el Estado goza de la posibilidad –e incluso de la obligación– constitucional de intervenir en el ámbito de las relaciones de trabajo mediante la promulgación de la oportuna legislación laboral. Además de eso, la Constitución incorporó la figura del Sindicato otorgándole un carácter político de mucha menor relevancia que la que tenía el Sindicato oficial de la legislación franquista. En efecto, el Sindicato interviene en los espacios de producción de bienes y servicios, representando los intereses económicos de los trabajadores, pero sin la menor autoridad en la materia como órgano del Estado. También lo hace representando intereses sociales en la educación, la sanidad o en los sistemas de protección. En tercer lugar, la Constitución reconoce los derechos a la negociación colectiva, de libertad –es decir, de división– sindical y de huelga. A su vez, el derecho de huelga queda definido de manera que, más allá de las condiciones laborales en la empresa, puede ejercerse por cuestiones relacionadas con el mundo laboral que exceden el ámbito de la empresa, como las reformas en la legislación laboral y/o social. La Constitución configuró, asimismo, un modelo de Derecho del Trabajo ambiguo, aunque más bien de orden “fordista” (incentivar los salarios para que los trabajadores puedan consumir, tal y como proponía el empresario estadounidense Henry Ford) e incluso “keynesiano” (políticas monetarias expansivas por parte del Estado para fomentar la actividad productiva y entrar en una dinámica virtuosa de tipo “fordista” que haga que la demanda estimule la oferta, según los principios del economista británico John Maynard Keynes), aunque al mismo tiempo permite políticas económicas más liberales y menos intervencionistas. Se trata de un Derecho del Trabajo concebido en un escenario de pleno empleo, que incluye el contrato de trabajo estable y la protección contra el despido injustificado, algo que se irá alterando con las sucesivas normativas legales y reformas laborales cada vez más liberales. 


El Estatuto de los Trabajadores de 1980

En 1979 se acrecentaron los desacuerdos entre UGT y CCOO, sobre todo a causa del proyecto de Estatuto de los Trabajadores (ET). El 10 de julio, UGT y la organización empresarial CEOE (Confederación Española de Organizaciones Empresariales) anunciaron el Acuerdo Básico Interconfederal (ABI), cuyo contenido serviría de base para el posterior Estatuto de los Trabajadores. De ese modo se inauguró una estrategia destinada a modificar radicalmente la legislación laboral y aislar y debilitar en lo posible a las CCOO si no aceptaban caminar por la senda marcada, además de marginarlas de la concertación y de la negociación colectiva. De esa estrategia participaron el Gobierno de UCD, el PSOE y UGT. El ABI favorecía un modelo sindical que primaba las secciones sindicales (creadas por cada sindicato y sometidas a su disciplina) frente a los organismos de representación unitaria (los elegidos por los trabajadores), y que en ese momento beneficiaba a UGT –que había sufrido una derrota en las elecciones sindicales el año anterior y, por tanto, gozaba de menor representatividad democrática–. CCOO prefería apostar por los órganos de representación unitaria (los comités de empresa), idea que respondía mejor a su tradición más bien unitaria y le garantizaba más poder gracias a su victoria electoral, aunque finalmente cedió en sus pretensiones y protestas por orden del PCE, como luego veremos. El ABI supuso un balón de oxígeno para el Gobierno de UCD y al PSOE le permitió presentarse como alternativa electoral, pero fue un pacto que en materia de de desempleo no aportó nada y permitió que la tasa de paro continuara creciendo de forma desbocada. Como siempre, los trabajadores salieron perdiendo.

CCOO se vio marginada de las negociaciones del Estatuto de los Trabajadores, debido fundamentalmente al veto de la CEOE y del Gobierno de la UCD, por lo que inició una serie de movilizaciones y protestas que, cuando cobraron más intensidad y se llegó a plantear la convocatoria de una huelga general en el otoño, fueron paralizadas por orden expresa de la dirección del PCE (lo que demostraba por enésima vez el elevado grado de servilismo y sumisión partidista de CCOO), ya que dicho partido no quería quedarse al margen del acuerdo parlamentario del ET. Una vez más las CCOO no dudaban en sacrificar la defensa de los intereses de los trabajadores si así lo exigía la estrategia del PCE, y ello mientras se les llenaba al mismo tiempo la boca con invocaciones a las decisiones democráticas de los trabajadores en las asambleas y al papel central de los órganos unitarios de representación. Los hechos demostraban que todo ello se quedaba en papel mojado en cuanto el PCE daba una orden contraria, en cuyo caso la democracia dejaba de tenerse en cuenta… No obstante, conviene recordar que el concepto comunista de “democracia” siempre fue muy peculiar, y hasta los regímenes y partidos más estalinistas o trotskistas gustaban de autodefinirse como “democráticos”. 

En 1980 volvieron a reeditarse los acuerdos centralizados. Esta vez, CEOE y UGT, con la posterior adhesión de USO, firmaron el Acuerdo Marco Interconfederal (AMI). El AMI reforzó el papel de UGT en la negociación colectiva y profundizó la marginación de CCOO, que en solitario seguía manteniendo una actitud de aparente confrontación con la patronal y UGT (siempre con el permiso del PCE y de acuerdo a su estrategia política), aunque para muchos no era nada creíble y que, en cualquier caso, no fue ajena a la derrota que sufrió esta vez en las elecciones sindicales de 1982. 

El ET, que fue pactado durante 1979 en el Parlamento entre el PSOE y el Gobierno de la UCD, contó con el apoyo sindical de UGT y la oposición de la mayoría de las demás organizaciones sindicales, aunque generalmente sin demasiada firmeza y más bien con la boca pequeña (ninguna de las organizaciones más importantes quería poner en riesgo la Transición que tanto les convenía, aunque ello supusiera resignarse al retroceso en materia de derechos laborales). Las razones de este rechazo residían en la consideración de que el ET recortaba los poderes de la asamblea de trabajadores y del Comité de Empresa, mientras reforzaba el papel de las secciones sindicales en el centro de trabajo (lo que contravenía las propuestas unitarias y reforzaba el papel de los sindicatos individualmente considerados) y abría la puerta a pactar la acumulación en determinadas personas de las horas sindicales remuneradas que se reconocían a los representantes elegidos, lo que permitía a los sindicatos disponer de numerosos “liberados” a tiempo completo cuyo salario era abonado por las empresas y administraciones públicas. Asimismo, el ET excluía al personal civil de la Defensa, así como a los trabajadores del servicio doméstico. Finalmente, hubo oposición a la mayor facilidad que suponía para los despidos, pues se alteraban radicalmente las consecuencias del despido improcedente y su indemnización. 

El caso de la modificación del despido improcedente obliga a recordar que en 1973 se había aprobado un texto refundido de la Ley del Procedimiento Laboral que regulaba sus consecuencias en el artículo 104, el cual fue modificado en 1976, manteniendo, junto a una indemnización modesta, la capacidad de elección para el trabajador entre la readmisión y la indemnización, además de la garantía de los salarios de tramitación hasta el momento de la sentencia. Se entendía, con toda lógica, que si un despido se declaraba “improcedente”, el propio adjetivo implicaba que era el empresario quien había cometido una irregularidad que no podía premiarse dejando en sus manos la opción entre la readmisión y la indemnización. Así pues, se establecía como obligatoria la readmisión a voluntad del trabajador, salvo en los casos en los que se pudiera acreditar que la convivencia laboral pudiera resentirse, en cuyo caso se establecía una indemnización de 60 días por año trabajado, con un mínimo de 6 meses y un máximo de 60 (actualmente la indemnización es de 33 días por año trabajado con un máximo de 24 mensualidades y sin mínimo alguno ni salarios de tramitación cuando no se opta por la readmisión, opción que ya económicamente casi nunca compensa elegir). Además de todo ello, el Magistrado podía ampliar la indemnización valorando la antigüedad del trabajador, las condiciones de su contrato, las posibilidades de encontrar un nuevo empleo adecuado, la dimensión y características de la empresa y las circunstancias personales del trabajador (tener familia numerosa, ser mayor de 40 años o tener algún grado de minusvalía).

En el momento previo a la aprobación del ET, la regulación de los derechos laborales era en términos generales la más generosa que nunca habían tenido los trabajadores en España hasta entonces: readmisión en sus propios términos ante el despido improcedente (con elección del trabajador e indemnización como la ya descrita si la misma no era posible); laboralización de algunas relaciones de trabajo especiales; presunción directa de la contratación indefinida; reforzamiento de la subrogación empresarial; exigencia de visado del finiquito; exigencia de expediente para el traslado, fuerte causalidad y derecho de consorte; disminución de la jornada laboral de 48 a 44 horas semanales y descanso de 12 horas entre jornada y jornada; descanso de 15 minutos en la jornada continua de 6 horas; autorización administrativa para la modificación del horario; ampliación de la maternidad posparto a 8 semanas y de la excedencia por maternidad hasta 3 años; derechos de participación de los trabajadores en la gestión de las empresas constituidas como Sociedades; constitución del FOGASA (Fondo de Garantía Salarial); previsión de la revisión semestral del SMI (Salario Mínimo Interprofesional) si el índice general del coste de la vida aumentaba un 5%, etc.

En 1980 se aprueba finalmente el ET, cuyo artículo 56 le otorga al empresario la facultad de ser él quien pueda elegir entre la readmisión y la indemnización, lo que no dejaba ser una inexplicable consecuencia positiva para quien había condenado por despedir de forma improcedente al trabajador. La indemnización desciende en todos los casos de improcedencia a 45 días por año y el máximo (no hay mínimo) se rebaja a 42 mensualidades, desde las 60 anteriores. Los salarios de tramitación quedan salvados (hasta la reforma laboral de 2012, que es cuando desaparecen), descontando los que el trabajador haya podido obtener si consiguió otro empleo. Hay una rebaja a empresas de menos de 25 trabajadores para pagar la indemnización, un 25%, y el FOGASA asumía un 40% de la cantidad resultante (lo que suponía asumir una responsabilidad económica colectiva por los despidos realizados de forma improcedente). El Estado se hace cargo de una parte de los salarios de tramitación si se producen retrasos en la resolución judicial.

El ET de 1980 reguló las relaciones individuales de trabajo (rebajando muchos derechos adquiridos), los derechos de reunión y representación en la empresa (consolidando el sacrificio de la sindicación unitaria obligatoria en favor de la división sindical de los trabajadores y del debilitamiento de los comités de empresa), la negociación de los convenios colectivos (que sufre un duro golpe al eliminarse el principio de consolidación de los derechos pactados, pues cada convenio anula al anterior), dejó sin representación a las pequeñas empresas de cinco o menos trabajadores (un vacío importante si tenemos en cuenta la estructura empresarial del país, formada en gran medida por este tipo de empresas, pero que sirvió para facilitar la hegemonía de UGT y CCOO sobre multitud de pequeños sindicatos sectoriales, como luego veremos), se eliminó la “paga de beneficios” (que era una fórmula provisional previa a la regulación legal de la participación proporcional, y que ahora sólo podía mantenerse si así se pactaba en convenio colectivo), desapareció la regulación legal tanto del “plus familiar” (que se abonaba en función del número de hijos del trabajador a cargo de un fondo específico de ámbito general al que cotizaban todas las empresas y trabajadores) como del “plus de antigüedad” (que ahora sólo se podía acordar en la negociación colectiva) y eliminó el derecho a la representación de los trabajadores en los Consejos de Administración de las Sociedades (introducido por la Ley 41/1962, de 21 de julio). Además, el ET de 1980 (sobre todo tras su primera reforma de 1984) abrió la puerta a la contratación temporal (hasta entonces todos los contratos eran de entrada fijos) y legalizó el despido colectivo.

En el verano de 1981 se firmó el Acuerdo Nacional de Empleo (ANE), que fue un pacto tripartito en el que participó CCOO, que ya parecía dejar de aparentar que luchaba contra la pérdida de derechos laborales. El ANE introdujo de nuevo la disciplina salarial (que incluyó a los funcionarios), al tiempo que se pactó la presencia de los denominados “agentes sociales” en diversas instituciones públicas –INEM, INSS, INSERSO, etc.–, lo que supuso un mayor reconocimiento e institucionalización de los sindicatos del Régimen de 1978 y su fortalecimiento por exclusión de los demás, así como la financiación pública de los mismos (en lugar de vivir de las cuotas de sus afiliados para garantizar su independencia, algo que hubiera sido muy fácil de conseguir con la sindicación obligatoria, aunque no fuera en un sindicato único) y el desbloqueo de la acordada cesión del patrimonio sindical (aunque esta cesión tardaría en completarse una década). Obviamente el patrimonio sindical acumulado se cedió en usufructo, no en propiedad (como algunos erróneamente creen, confundiendo la cesión de “patrimonio sindical acumulado” con la devolución de “patrimonio histórico”). 

En 1983 se firmó el Acuerdo Interconfederal (AI), que abordaba cuestiones relativas a la negociación colectiva, el control de la inflación y el desarrollo de los derechos sindicales. Además, el nuevo Gobierno del PSOE se comprometió a reducir la jornada hasta las cuarenta horas semanales, aunque la aplicación de esta medida no vería la luz hasta el año siguiente. Fue, asimismo, un pacto de rentas que, a la postre, se saldó con una pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores del 0’8%. Nuevamente, como sucedió de forma constante durante la transición, los sindicatos del Régimen de 1978 demostraban su absoluta ineficacia a la hora de defender los derechos de los trabajadores, los cuales veían cómo tenían que soportar constantes retrocesos a cambio de ventajas sindicales miserables que sólo beneficiaban a las estructuras de UGT y CCOO, pero no tanto a los propios trabajadores.

En octubre de 1984 se firmó el Acuerdo Económico y Social (AES), un acuerdo tripartito al que CCOO no se sumó y que abordaba asuntos relativos a la negociación colectiva, el control de la inflación, nuevos modelos de contratación, la protección al desempleo o la devolución del patrimonio sindical. Paralelamente, el Gobierno del PSOE introdujo un amplio abanico de contratación temporal, además de multiplicar las modalidades de contrato y reforzar la precariedad de los mismos. De este modo, en el ET se introdujeron hasta 16 nuevas modalidades de contrato. Todo ello supuso el incremento rápido de la contratación temporal, desde el 12% de 1985 hasta el 20% dos años después (porcentaje que se ha ido superando con los años). 

La reforma de la Seguridad Social fue lo que generó las primeras tensiones realmente fuertes entre la UGT y el Gobierno del PSOE, lo que facilitó un acercamiento entre UGT y CCOO. A principios de junio ambas organizaciones convocaron manifestaciones unitarias de protesta, pero el acercamiento se rompió cuando el día 20 de ese mismo mes CCOO convocó junto con otros sindicatos minoritarios –USO y CNT– y separatistas –ELA e INTG– la primera huelga general de la democracia y UGT se desvinculó a fin de no dañar al Gobierno del PSOE, el partido del que seguía siendo correa de trasmisión (como CCOO lo seguía siendo del PCE). La participación en la huelga no fue demasiado importante y el Gobierno de Felipe González presentó y aprobó en el Parlamento la Ley de Reforma de la Seguridad Social, que endureció claramente las condiciones de acceso a las pensiones, alargando los períodos de cotización. 

La atmósfera social se hallaba, asimismo, caldeada por la mal llamada “reconversión industrial”. Ante ella UGT mantuvo una postura más proclive al acuerdo con el Gobierno, mientras CCOO (y la mayoría de sindicatos minoritarios) sostuvo posiciones algo más reivindicativas. Esas diferencias se manifestaron especialmente entre las federaciones del Metal de ambos sindicatos, sirviendo para acentuar la división sindical en España. La reconversión se saldó, como casi siempre, sacrificando el modo de vida presente y de las futuras generaciones a cambio de dinero: con indemnizaciones más o menos generosas y con la garantía de altas pensiones en aquellas grandes empresas con una gran presencia y organización sindical (mientras que los trabajadores de las pequeñas empresas fueron vilmente abandonados). Como también sucedió con el sector agrario y, sobre todo, ganadero, los sindicatos del Régimen de 1978 aceptaron sacrificar el presente y el futuro de los españoles, es decir, el modo de vida y la capacidad real para poder producir y así ganarse honrada y laboriosamente la vida. Así los trabajadores se sentían generosamente compensados, pero con ello se aceptaba un mal trato que hipotecaba el futuro de sus hijos para siempre, algo que pudo ser posible gracias sobre todo a UGT y CCOO, más preocupadas por seguir las directrices políticas de los partidos a los que se debían (manteniendo al mismo tiempo en lo posible la imagen de estar defendiendo los intereses de los trabajadores), que en pensar en el futuro de los españoles. En el futuro o no pensaban, o preferían no pensar… ¡Que arreen los que vengan detrás! (debieron pensar).

Dado que en CCOO existía algo más de pluralidad que en UGT –al menos entre las bases–, los efectos de su postura ante la reconversión industrial terminaron afectando también a su unidad interna, lo que quedó en evidencia con la sustitución de Marcelino Camacho (un sindicalista honrado –a nivel personal–, pero que no dudó en sacrificar los intereses de los trabajadores cuando entendía que ello era necesario para acatar la estrategia política del PCE) al frente de CCOO en el IV Congreso Confederal. 

En el contexto de mediados de los años ochenta, las CCOO estaban sumidas en tremendas contradicciones internas, como demuestra el hecho de que por un lado fueran inequívocamente partidarias de la entrada de España en la CEE (una entidad económica internacional de inspiración a todas luces liberal-capitalista), y al mismo tiempo criticaran las consecuencias económicas y laborales que ello suponía (¡como si lo segundo no tuviera por qué ser la consecuencia lógica de lo primero!). Ante semejante contradicción, las CCOO trataron de salvar la cara ante su militancia más ideologizada recurriendo a cuestiones ajenas al mundo laboral que sirvieran de aglutinante y desviaran la atención: la campaña contra la permanencia de España en la OTAN durante 1985 y 1986, diversas campañas de solidaridad con el pueblo saharaui, con las luchas izquierdistas de El Salvador y Nicaragua, o frente a las dictaduras de Hispanoamérica y el Apartheid sudafricano. 


Ley Orgánica de Libertad Sindical de 1985

En 1985 se hacía a todas luces evidente el fracaso total del sindicalismo oficial del Régimen de 1978 en orden al mantenimiento –y menos aún, avance–, en materia de derechos laborales, pues sólo había servido de “coartada social”, permitiendo una constante pérdida de los mismos en todos los órdenes (algo que no hubiera permitido nunca un verdadero sindicalismo independiente y apartidista que hubiera puesto los intereses de los trabajadores por encima de los distintos objetivos políticos de PSOE y PCE, los partidos a cuyos intereses políticos servían UGT y CCOO de forma descarada), al tiempo que ese año se registraba la tasa de desempleo más alta jamás conocida en España hasta entonces (aunque con el tiempo se haya conseguido superar con creces esa tasa). Los acuerdos centralizados realizados entre 1977 y 1986 resultaron ser tan poco eficaces como la mayoría de pequeños sindicatos denunciaban, pero pese a las críticas siempre salían adelante por la prepotencia de UGT y CCOO, que despreciando a todos los demás acababan imponiendo su voluntad, siempre de acuerdo a las instrucciones que recibían desde el PSOE y el PCE. Así es como se explica que entre 1979 y 1986 el poder de compra de los salarios descendiera un 8,2%. La tasa de cobertura al desempleo también cayó a lo largo de esos años (con excepción de 1980). 

Los Gobiernos de UCD y PSOE incumplieron reiteradamente lo pactado en materia social, especialmente en lo referente a la lucha contra el desempleo, y es así como el PSOE decide dar un paso más para contentar a UGT y CCOO, concediéndoles de forma institucionalizada el oligopolio de la representatividad sindical: la LOLS (Ley Orgánica de Libertad Sindical) de 1985, mediante la que se regula y tutela la “libertad sindical” y la acción sindical en general. Esta ley creó la categoría de “sindicato más representativo a nivel estatal”, mediante la que se concedía una serie de privilegios a los sindicatos que tuvieran una representatividad superior al 10% a nivel nacional –sólo UGT y CCOO– (artículo 6), lo que suponía darles la exclusividad de la representatividad e interlocución institucional a nivel nacional y autonómico, la capacidad de promover elecciones sindicales o pactar convenios en cualquier empresa o sector (aunque carecieran en ese ámbito de presencia alguna), etc. 

Como ejemplo muy ilustrativo de las consecuencias de estos privilegios que consagra la LOLS se puede poner lo que sucedió en el año 2001 en el sector de de administraciones de loterías: hasta entonces UNT, que era el sindicato mayoritario a nivel nacional en dicho sector (donde tenía más de 500 afiliados), había firmado durante décadas los distintos convenios colectivos con la patronal, la Federación Nacional de Asociaciones Profesionales de Administradores de Loterías (FENAPAL). Si embargo, un antiguo falangista disidente, Miguel Hedilla –hijo del histórico falangista Manuel Hedilla–, creó una nueva organización patronal, la Agrupación Nacional de Asociaciones Provinciales de Administradores de Loterías (ANAPAL), para, por un lado, competir con la FENAPAL, y por otro, expulsar de la negociación colectiva del sector a UNT (con cuyo Presidente, Rafael Muñiz, mantenía profundas diferencias desde que en 1995 Miguel Hedilla había protagonizado una escisión en el partido FE-JONS –al que hasta ese año pertenecían ambos–, y ello pese a que Muñiz –que seguía perteneciendo a dicho partido– siempre mantuvo escrupulosamente la independencia de UNT respecto a cualquier partido político). Para ello, ANAPAL no dudó en buscar el auxilio de UGT y CCOO, quienes, pese a no tener ninguna representatividad en el sector, estuvieron encantadas de hacer valer su privilegio en materia de negociación colectiva como “sindicatos más representativos a nivel estatal” y firmaron un convenio excluyendo a UNT de la negociación. De nada sirvió que inicialmente FENAPAL no reconociera representatividad alguna a UGT y CCOO en el sector, pues la LOLS sí les facultaba para firmar el Convenio y no era necesaria la firma de FENAPAL desde el momento en que ANAPAL, UGT y CCOO se reconocían mutuamente como entidades legitimadas para negociar por cada una de las partes, por lo que a FENAPAL no le quedó más remedio que sumarse a la negociación colectiva o quedar excluida de la misma. Desde entonces los sindicatos firmantes del Convenio han sido únicamente UGT y CCOO, sin que UNT pudiera hacer valer su representatividad ni siquiera por la vía judicial, pues tratándose de empresas pequeñas –de 5 o menos empleados– la exclusión legal de la posibilidad de tener representación unitaria venía a consagrar de hecho la preeminencia del privilegio de UGT y CCOO como “sindicatos más representativos a nivel estatal”. 

El ejemplo anterior es muy ilustrativo de lo que ha sucedido en muchos sectores (especialmente en los que engloban a pequeñas empresas donde no puede haber representación unitaria por exclusión legal) y de cómo en ellos UGT y CCOO –sin necesidad de tener representación alguna– han expulsado de la negociación colectiva a multitud de pequeños sindicatos que en esos sectores sí eran realmente representativos, para lo cual han colaborado con determinadas organizaciones patronales que, obviamente, siempre estaban dispuestas a negociar con esos sindicatos si eso mejoraba su posición negociadora.

Al mismo tiempo, para satisfacer las aspiraciones de los sindicatos separatistas –especialmente de ELA/STV, el sindicato vinculado al Partido Nacionalista Vasco– y facilitar su estrategia de profundización en la reducción de la dependencia sindical de los sindicatos de ámbito nacional, la LOLS creó también (artículo 7) la categoría de “sindicato más representativo a nivel de Comunidad Autónoma” para aquél que tuvieran una representatividad superior al 15% a dicho nivel y contara al menos con 1.500 representantes unitarios, gozando en tal caso en su ámbito autonómico de los mismos privilegios que los anteriores. 

La LOLS, por tanto, profundizó en la división sindical, tanto en lo referente a separación organizativa de los sindicatos, como en la representatividad, pues mantiene la doble representación, unitaria (comités de empresa y delegados de personal) y sindical (secciones sindicales y delegados sindicales), sólo que dando preferencia a la segunda en  casi todos los ámbitos, especialmente en la negociación colectiva y en la organización de las elecciones sindicales. Este segundo aspecto es especialmente grave, ya que supuso dejar en manos de los propios sindicatos interesados la convocatoria y control –facilitado sobre todo gracias a todo un ejército de “liberados” dedicados en exclusiva a esta tarea– de las elecciones sindicales, las cuales se organizan y desarrollan al margen de cualquier administración pública (la Dirección General de Trabajo de la respectiva Comunidad Autónoma se limita a archivar y registrar la documentación que se le facilita a fin de acreditar la representatividad de cada sindicato). Es como si la convocatoria, organización y supervisión de las elecciones generales estuviera en manos de los partidos políticos en lugar del Ministerio del Interior y este se limitara a recopilar las actas y datos que le faciliten... Eso que sonaría tan absurdo en el ámbito electoral político es exactamente lo que pasa en el sindical, donde se llega al extremo de que los árbitros encargados de resolver mediante Laudo arbitral las posibles reclamaciones electorales son designados a propuesta de los “sindicatos más representativos”, con lo cual UGT y CCOO tienen garantizado un control casi total del proceso de principio a fin (a excepción de la vía judicial y de los miembros de las mesas electorales). Tal y como es de suponer, la realidad ha convertido las elecciones sindicales en un inmenso fraude que permite a UGT y CCOO mantener su hegemonía, impidiendo que los sindicatos más pequeños puedan competir con ellos en igualdad de condiciones. Por ello UGT y CCOO dedican gran parte de sus recursos a mantener el control férreo de los procesos electorales, llegando a reconocer CCOO en un reciente documento interno lo siguiente: “invertimos 10 veces más recursos humanos y económicos en los procesos electorales que en el impulso de la afiliación al sindicato.” (“Repensar el Sindicato. Hicimos, hacemos, haremos Historia”; mayo de 2016; página 83)


4.- Balance, situación actual y el debate del sindicalismo unitario
  
En 1987, CCOO realizó su propio balance de la concertación social de los años de la Transición en su IV Congreso Confederal. En una de sus ponencias, que reconocía implícitamente su fracaso, se decía textualmente lo siguiente: “la transición no se ha saldado positivamente para los trabajadores y para el movimiento sindical ni en el plano de la correlación de fuerzas a nivel político ni en cuanto al desarrollo de los derechos, libertades y poder institucional de los sindicatos”.

Los actuales sindicatos clasistas afectos al Régimen de 1978 han demostrado servir únicamente para maquillar los fallos en materia social del sistema económico capitalista y servirle de coartada social, pues durante la Transición –si no mucho antes– renunciaron completamente a promover alternativa alguna al Sistema y se limitaron a ir a remolque de las distintas reformas gubernamentales, limitándose a hacer reclamaciones concretas y parciales, y asumiendo en todo caso –al menos de forma clara y evidente UGT y CCOO– las directrices que les marcaban sus partidos de referencia –PSOE y PCE–, demostrando con ello una auténtica sumisión que, por un lado fue una verdadera traición a los trabajadores que decían representar, por otro lado la misma les fue debidamente premiada, garantizándoles el oligopolio de la representatividad sindical y suculentos ingresos en forma de subvenciones, “devoluciones” patrimoniales, negocios anejos (como los de formación profesional), etc.

Por ello resulta en gran medida lógica y coherente la crítica que los liberales hacen a este tipo de sindicatos: que distorsionan las leyes del mercado libre. ¡Por supuesto que lo hacen! José Antonio Primo de Rivera lo explicó en su día de una manera bastante ilustrativa: sin pretender alterar las bases del sistema capitalista, sin ser –ni pretender ser– una alternativa a este injusto sistema económico, estos falsos sindicatos se dedican a “echarle arena en los cojinetes” al Sistema.

El panorama sindical “oficial” es tan lamentable en España que no es de extrañar el escaso interés de los trabajadores por sindicarse. El porcentaje de afiliación a los sindicatos es muy bajo (entre el 15% y el 19%, según las fuentes), y eso se debe principalmente al desprestigio que tienen los sindicatos oficiales, UGT y CCOO principalmente, anclados en una forma de hacer “sindicalismo” más bien propia del siglo XIX, y eso sólo en el mejor de los casos. En otros, y esto es lo más frecuente, los sindicalistas oficiales parecen sufrir más por sus subvenciones, por sus sueldos de “liberados” y sus “horas sindicales retribuidas” y por su burocracia funcionarizada, que por los problemas de los trabajadores a los que se supone que representan y debieran defender; unos sindicatos oficiales que se financian de forma irregular con las concesiones que les hacen las patronales en las negociaciones de expedientes de Regulación de Empleo (v.gr. el caso de los ERE de Andalucía, que en realidad se da en mayor o menor medida en todas las regiones), despidos colectivos, convenios, cursos de formación fantasmas y hasta la administración de fondos de pensiones con los distintos gobiernos; unos “sindicatos” que son capaces de dar su apoyo a la reforma laboral de 2006 (con las posteriores fueron más críticos, pero siempre con reacciones controladas, de “baja intensidad”, a fin de canalizar el descontento obrero sin dejar que se saliera fuera del Sistema), los mismos “sindicatos” que convocan huelgas por mucho menos si los intereses políticos así se lo aconsejan, o que negocian  con el Gobierno enormes cantidades de dinero e inmuebles en concepto de devolución de “patrimonio sindical histórico” cuya justificación en gran parte de los casos es insostenible (unas veces porque ese sindicato no existía antes de 1936 y poco se le pudo expropiar pues, otras porque se devuelve lo que nunca se tuvo con la finalidad de ayudar a compensar a los miles de trabajadores que fueron estafados con la cooperativa “PSV” de UGT…). Y es que, aunque siempre haya en todos los sindicatos algunos buenos sindicalistas que de verdad se preocupan sinceramente de los problemas de los trabajadores, el panorama general que ofrecen esos “sindicatos oficiales” es ciertamente desolador, especialmente desde que la caída del muro de Berlín y del socialismo de Estado les dejara desubicados ideológicamente. Por eso son cada vez más los que consideran necesario dar carpetazo a ese falso sindicalismo traidor, decadente, aburguesado, funcionarizado y desfasado, a esa auténtica estafa a los trabajadores españoles, considerando que es preciso construir un nuevo sindicalismo nacional. El problema es que resulta muy complicado para los demás sindicatos competir con UGT y CCOO, dado el blindaje legal que la LOLS les da para mantener su oligopolio.

Frente a este sindicalismo decadente, en España se ofrecen diversas “alternativas”, desde el sindicalismo a medias de los pequeños sindicatos “independientes” o meramente “profesionales” (entre los que hay una gran variedad, pero cuya actuación es muy limitada y sus miras de muy corto alcance, sin ofrecer ninguna alternativa de fondo y en no pocos casos actuando como “sindicatos amarillos” al servicio –voluntaria o involuntariamente, pues de todo hay– de otros intereses que no son los de los trabajadores), hasta los de izquierda y extrema izquierda (CGT, CNT, SO, SAT, etc.), que a estas alturas ya no tienen nada nuevo que ofrecer (salvo volver a modelos ya demasiadas veces fracasados), pues desde la caída del Muro de Berlín se han quedado ideológicamente huérfanos y desubicados, por más que parezcan revivir al calor de la crisis actual del sistema capitalista.

Mención aparte merece el fenómeno de “Podemos”, que en el campo de la política ha irrumpido con inusitada fuerza aprovechando el descrédito del régimen actual y de la “casta” de los políticos, para lo cual no han dudado en copiar gran parte del mensaje que ya ensayaron el 15-M de 2011: los políticos actuales “no nos representan”; “Democracia Real Ya”; políticos como “casta” parasitaria; banqueros usureros; no a la globalización capitalista y recuperación de la soberanía nacional (al menos en teoría, pues la realidad es muy distinta) en materia económica; vivienda digna para todos; trabajo digno, estable y con derechos; defensa de los servicios públicos; medios de comunicación manipuladores; etc.

Del “Círculo Podemos Sindicalistas” ha surgido el sindicato “Somos Sindicalistas”, o “Somos” (como se suelen denominar informalmente para dar más imagen de relación con “Podemos”, una dependencia problemática, como veremos), que fue legalizado el 31 de octubre de 2014 y que en 2015 celebró su asamblea constituyente. 

No obstante, “Somos” tiene varios problemas de entrada, sobre todo estratégicos: 

1º.- No le conviene a “Podemos” enfrentarse en demasía con UGT y CCOO porque justamente de ellos en gran medida se nutre (sobre todo de los movimientos por ellos creados de las famosas “mareas” –blanca de los sanitarios, verde de los profesores, etc.–), lo que hace que haya un debate interno intenso sobre apoyar o no de forma expresa a “Somos” desde “Podemos”. No obstante, es probable que al final lo apoyen sólo de forma moderada y sigan como hasta ahora.

2º.- El mensaje no puede variar demasiado, pues en realidad representan ideológicamente lo mismo. Todos ellos ofrecen un mensaje similar, por lo que es difícil que se pueda ver a “Somos” como algo muy distinto a CCOO o UGT. No tienen un mensaje sindicalista genuino y diferenciado como sí lo tienen UNT o CNT, por ejemplo.

3º.- Es mucho más difícil construir una alternativa sindical que una política. La estructura sindical es más compleja, se necesita mucha infraestructura, servicios jurídicos grandes y serios, presencia efectiva en las empresas, no sirve de mucho la propaganda en los medios de comunicación, se adquiere una mayor responsabilidad con la gente (se juegan su trabajo), la legislación sindical está hecha a medida de UGT y CCOO para garantizar su hegemonía oligopolística, etc.

En definitiva, aunque “Somos” pretende desplazar sindicalmente a CCOO y UGT, no le va a resultar nada fácil (de hecho es poco probable que eso vaya a suceder), por lo que será difícil que la crisis sindical sea aprovechada por “Somos” igual que “Podemos” ha aprovechado la crisis política.

Finalmente, es interesante reseñar que en mayo de 2016 el sindicato CCOO ha reabierto el debate interno sobre el sindicalismo unitario, editando un documento interno de trabajo titulado “Repensar el Sindicato. Hicimos, hacemos, haremos Historia”. Hasta qué punto esta vez esté dispuesta esa organización a plantear seria y decididamente la transformación de actual sistema sindical consagrado durante la Transición por el ET y la LOLS es una incógnita, pero teniendo en cuenta que cualquier cambio en este ámbito sólo podría perjudicar su actual hegemonía compartida con UGT, y que de un documento de 124 páginas sólo 2 se dedican a esta trascendental cuestión, sería ingenuo hacerse ilusiones y mantener una actitud al respecto que no sea la del escepticismo. De hecho, el documento mencionado plantea la cuestión más desde el punto de vista de una fusión organizativa o una unidad de acción sindical entre diversos sindicatos, que desde el de una verdadera idea unitaria, como demuestra claramente el documento en su conclusión: 

“¿Sería deseable un proceso que pudiera culminar con la conformación de una central sindical unitaria que recogiese la pluralidad de composición de la clase obrera en España? La respuesta hoy como hace cuarenta años, sin duda es, sí. ¿Es esto posible con el marco actual? Y, sobre todo, ¿es útil para el fin que se persigue que no es otro que reforzar las capacidades del movimiento sindical? La duda es más que razonable. Hoy lo más conveniente es reforzar la unidad de acción sindical.”

A modo de conclusión podemos afirmar que la Transición en el ámbito sindical consistió, por tanto, en un verdadero pacto social por el cual CCOO y UGT aceptaron tanto la pérdida general de derechos laborales de los trabajadores, como hipotecar el futuro productivo nacional, y ello a cambio de conseguir un modelo sindical de verdadero oligopolio en el que UGT y CCOO lo tuvieran todo “atado y bien atado”, y eso, que efectivamente consiguieron del poder político, no es previsible que vaya a cambiar a corto o medio plazo. Al menos no mientras ellos puedan evitarlo…